Aunque llevo cerca de 20 años de haber rechazado la creencia en dios, las teologías y el producto más nocivo jamás inventado por los humanos —la religión—, y aunque he consumido prácticamente todos los argumentos y debates a mi alcance sobre la cuestión de dios (o, más precisamente, de los dioses), hay un argumento que rara vez he visto formulado con claridad: la incompatibilidad básica entre la idea de un dios todopoderoso, creador del universo, capaz de leer nuestras mentes, conocer nuestros corazones y juzgarnos al final de nuestras vidas, y lo que sabemos sobre la conciencia.




















