domingo, 17 de marzo de 2024

¿Es un mito que los hombres cazan más que las mujeres?



Durante años, en antropología primó la idea de que en las sociedades de cazadores-recolectores, la caza era llevada cabo en su mayoría por hombres, mientras que la labor de recolección era llevada a cabo en su mayoría por mujeres. Nada de malo en ello si así hubiera sido, pues ambas labores eran igual de importantes para esas sociedades. Y tampoco es una premisa implausible, en vista de que entre nuestros parientes los chimpancés se encuentra una división del trabajo similar, en la que los machos cazan en una mucho mayor proporción que las hembras. (Por favor, leamos bien: esto no significa que las hembras no cacen nunca, ni que los machos no hagan recolección nunca, sino que de media, hay una mayor proporción de uno y otro sexo en las respectivas actividades.)

En 2023 se publicó un paper (Anderson et al, 2023) que identificó 63 sociedades tradicionales y, tras un análisis estadístico, encontró que en el 79% de las sociedades analizadas, la caza era una actividad llevada a cabo en partes iguales por hombres y mujeres; en el 33% de los casos, las mujeres incluso cazaban presas de gran tamaño. En su estocada a la idea del hombre cazador, Anderson y sus coautoras se aseguraron de incluir una advertencia sobre el sesgo del investigador y cómo este puede moldear la interpretación de los datos.

Los titulares no se hicieron esperar — se había derribado el mito de la división del trabajo, que no era más que un sesgo de sexo, y un ejemplo de cómo la ciencia también podía sucumbir a los estereotipos sexistas (?). Publicaciones dedicadas exclusivamente a la ciencia como New Scientist, Scientific American y Science unieron su voz al coro que celebraba la presunta destrucción de un alegado mito que perpetuaba un supuesto machismo. De nuevo: yo no entiendo que se considere que una actividad es más chupiguay que la otra; no hay ninguna razón por la que cazar sea intrínsecamente mejor, o más valioso que recolectar, pero pues no parece que muchos se hayan dado a la tarea de cuestionar esa suposición — y parece más popular glorificar la caza que cuestionar su nivel de importancia. En fin.

A finales de febrero de 2024 se publicó la preimpresión de un nuevo paper (Venkatamaran et al, 2024) en el que 15 antropólogos expertos en sociedades de cazadores-recolectores examinaron el artículo de 2023 y encontraron errores fundamentales que le restan cualquier credibilidad.

Los expertos hacen varias críticas al paper de Anderson y sus colegas:

La primera crítica es que la muestra está sesgada: el artículo no contó muchas sociedades de las que se disponía de datos sobre la caza, y en la mayoría de sociedades que se dejaron por fuera la caza femenina era escasa o nula. Esto significa que las sociedades con caza femenina estaban sobrerrepresentadas en la muestra del paper y, por tanto, que su cálculo de la frecuencia de la caza femenina es una sobreestimación.

Otra crítica es que las sociedades están codificadas incorrectamente. El estudio incluyó varias sociedades que no son de cazadores-recolectores sino que obtenían su sustento de la agricultura o la horticultura. Los expertos no se explican qué hacen sociedades como los kikuyu, los wopkaimin, los iroqueses, los tsimane y los matses en un artículo sobre cazadores-recolectores.

Además de incluir sociedades que no son de cazadores-recolectores, Anderson y sus colegas también codificaron inconsistentemente las sociedades. Por ejemplo, clasificaron (correctamente) a los jahai como sociedad sin mujeres cazadoras, pero a los !Kung San del desierto de Kalahari los clasificaron (incorrectamente) como una sociedad con caza femenina. Las etnografías de los !Kung incluyen afirmaciones como "las mujeres están totalmente excluidas de la caza. [...] Las mujeres nunca participan en una cacería !Kung".

Otro problema con la codificación de las sociedades en el paper de 2023 es la pseudorreplicación: esto es que se contaron dos o más grupos como sociedades distintas, cuando en realidad hacen parte de la misma población o poblaciones muy cercanas: lo hicieron con los agta y los ayta de Filipinas, con los !Kung y los Ju/hoansi, y con los aborígenes australianos (sua, bambote, mardujara y martu).

Una vez más, esto lleva a una sobreestimación de la frecuencia de la caza femenina.

Otra crítica hecha al paper es que trata la caza como si fuera un fenómeno binario. Esto es que cualquier mención a la participación de mujeres en las actividades de cacería fue considerado como una sociedad en la que las mujeres también cazaban, y que lo hacían en la misma proporción que los hombres. Pero lo uno no se sigue de lo otro. Por ejemplo, Anderson y sus colegas citan la etnografía que Ruth Landes hizo sobre las mujeres ojibwa para clasificar a la ojibwa como una sociedad en la que las mujeres también ejercen la cacería; el problema es que Landes menciona la cacería por parte de mujeres ojibwa en el contexto de que la regla es que no participaban de la caza, y que en los pocos casos que lo hacían era en circunstancias muy excepcionales.

Un tratamiento similar se le dispensó a las mujeres inuit, cuya participación en la cacería de focas ha sido descrita como una actividad llevada a cabo muy ocasionalmente, cuando surge la oportunidad, o como parte de una actividad comunitaria en la que las mujeres y los niños asustan a las focas para que estas se alejen de ellos y opten por salir a respirar por hoyos alrededor de los cuales los hombres las esperan con sus lanzas. Estas observaciones etnográficas que transmiten la escasa participación de las mujeres en la caza fue suficiente para que los inuit fueran clasificados como una sociedad donde las mujeres cazan a la par que los hombres.

En 2020 se había publicado el que posiblemente sea el estudio con los datos más completos a nivel individual sobre caza hasta la fecha, con 23.472 registros de 1.403 cazadores masculinos y 309 registros de 114 cazadoras. El total de toneladas métricas de carne conseguidas por los cazadores masculinos fue de 255, mientras que el de cazadoras femeninas fue 0.7. Cuánto le habría servido esta información a las autoras del paper de 2023.

Por último Venkatarman y los otros antropólogos retomaron las fuentes que usaron Anderson y colegas, y reclasificaron las sociedades según qué tanta evidencia hay de que las mujeres cazaran, la frecuencia con la que lo hacían, y el tamaño de las presas. Sus resultados fueron radicalmente diferentes que los publicados el año anterior: las clasificaciones originales contenían entre un 16 y un 32% de falsos positivos (afirmaciones de que las mujeres cazaban en sociedades donde no suelen hacerlo), y un 15% de falsos negativos (sociedades que se habían clasificado como aquellas donde las mujeres no participan de la cacería cuando sí lo hacen).

En sus conclusiones, los autores señalan que enfocarse en la participación de la cacería le resta importancia a otras áreas en las que las mujeres aportan más que los hombres:
Los antropólogos han reconocido desde hace tiempo que la naturaleza de la cooperación entre los recolectores es compleja y polifacética, y que las actividades de subsistencia de mujeres y hombres desempeñan papeles importantes y a menudo complementarios [...] Centrarse en la caza a expensas de otras actividades fundamentales —desde la recolección y el procesamiento de alimentos, la recolección de agua y leña, la fabricación de ropa, refugios y herramientas, el embarazo, el parto, la lactancia, el cuidado de los niños y la atención sanitaria, hasta la educación, los matrimonios, los rituales, la política y la resolución de conflictos— es restarle importancia a la complejidad y, por tanto, al papel de la mujer en el modo de vida forrajero.
Da la impresión de que fue a Anderson y sus colegas a quienes el sesgo del investigador del que advertían les jugó una mala pasada, y terminó moldeando su interpretación de los datos. En este espacio seguimos la navaja de Hanlon, por lo que no vamos a asignarle motivos espurios a Anderson y compañía — es perfectamente plausible hacer mala ciencia con las mejores intenciones. (Lo grave es que su artículo haya superado la revisión por pares.) Aunque el artículo ya había recibido varias críticas detalladas en línea, hasta el momento no existía ninguna publicada en calidad de artículo científico.

Parece entonces que la idea que los hombres son los que llevan a cabo la mayoría de la caza, mientras que las mujeres llevan a cabo la mayoría de la recolección no era un mito después de todo, y que en este caso la antropología no cayó presa de estereotipos sexistas. ¡Esto es una buena noticia! Pero a pesar del riguroso análisis por parte de Venkatamaran y sus coautores, esta vez los titulares anunciando la destrucción de un mito brillaron por su ausencia — tanto en inglés como en español. De hecho, la única referencia que pude encontrar en español fue la de Pablo Malo en Twitter.

En mi ingenuidad, nunca deja de sorprenderme que personas e instituciones que combinan las áreas más comprometidas con conocer la realidad tan acertadamente como sea posible (la ciencia y el periodismo) fracasen tan épicamente al momento de actualizar o corregir algo que publicaron o apoyaron y luego resulta ser demostrablemente falso. ¿De qué sirve derrumbar mitos si en vez de ofrecer mejores aproximaciones a lo que es constatablmente cierto se erigen otros en su lugar?

(vía The Nature-Nurture-Nietzsche Newsletter | imagen: myshoun)

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Publicado en De Avanzada por David Osorio | ¿Te ha gustado este post? Síguenos o apóyanos en Patreon para no perderte las próximas publicaciones

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