sábado, 14 de febrero de 2026

Qué significa ser "católico no-practicante"



En los tiempos posmodernos que corren, no es raro toparse con quien se describe como “católico no-practicante”, o con los que dicen “creo en dios, pero no en la Iglesia”, que, para mí, es un poco como creer en Romeo y Julieta pero no en Shakespeare.

Los lectores habituales sabrán que estas etiquetas me resultan fastidiosas porque me parece que se originan de la más abyecta pereza intelectual de no querer tomarse cinco minutos para definir una epistemología clara. Porque eso es precisamente lo que falta: una forma coherente de decidir qué se considera verdadero y qué no. Quien evita esa tarea termina usando estos comodines identitarios que, de seguro, les ahorran muchas explicaciones y preguntas de seguimiento, en comparación con alguien que responda que es druida, o que cree en Quetzalcóatl, o que al morir irá al Valhalla y se reunirá con Odín.

Con el perdón de aquellos católicos que lo son “por tradición” y los que están “en transición” hacia el ateísmo, el problema es que, por definición, la única manera de ser católico es siendo practicante. Ser católico implica aceptar la autoridad del obispo de Roma como guía espiritual; y que Jesucristo es una de las tres personas divinas del solo dios verdadero, que resucitó a los tres días; y que María dio a luz siendo virgen, y que en vez de morir ascendió a los cielos.


Las palabras tienen significados.

Lo curioso es que el adjetivo “no practicante” funciona como un salvavidas intelectual que permite discrepar del Papa cuando conviene — ya sea con el aborto, el uso del condón, fornicar, o que las parejas gay se puedan casar. Sin embargo, por definición, el catolicismo no admite discrepancia. Esa es, de hecho, toda la razón de ser del cristianismo evangélico: cristianos que querían discrepar aquí y allá con el Papa, y por eso Lutero clavó las 95 tesis, montando su chiringuito aparte (y detrás de él vinieron Calvino, la iglesia anglicana, y demás).

Y podemos estar de acuerdo en que las posturas morales de la Iglesia hoy están desfasadas varias generaciones. Lo que no tiene sentido es discrepar con sus doctrinas actuales, pero aceptar como válidos los dogmas que quedaron en pie en siglos anteriores. El motivo por el que hoy alguien cree en la divinidad de Jesucristo es porque en el Concilio de Nicea se votó por esta “verdad”, y se persiguió, asesinó y exterminó a los cristianos arrianos, que no creían en la divinidad de Jesús, sino únicamente en su historicidad. ¿Cuántos galones de disonancia cognitiva hacen falta para aceptar una verdad establecida a sangre y fuego hace 1,700 años, pero posturear hoy de independiente, cuando, convenientemente, la Iglesia ha perdido gran cuota de su poder institucional, y ya no puede perseguir herejes con el mismo celo?

¿Qué sentido tiene rechazar la Iglesia del presente, mientras se abraza todo su entramado teológico del pasado?

Para el “católico no-practicante”, la Iglesia Católica que quedó tras el Concilio Vaticano II es una incómoda e inmoral autoridad moral que está a cargo de la imagen de dios, de manejar las relaciones públicas del creador del Universo, una entidad con la que pueden discrepar a gusto; pero igual se aferran a todo lo que esa misma Iglesia corrupta dijo e instauró como cierto, como la palabra de dios revelada, en los siglos anteriores, cuando era aún más cavernícola y contaba con mayor poder.

Todo esto sería bastante fácil de resolver con una epistemología clara. Si vives en el siglo 21, el conocimiento se obtiene usando las herramientas del método científico. En cambio, si eres católico, el conocimiento se obtiene mediante la fe, la autoridad y la revelación. Entonces un católico se opone a la investigación con células madre porque sabe que la vida empieza al momento de la concepción (lo que significa que cada célula madre es una persona, y no es moral experimentar con personas) de la misma manera que sabe que Jesucristo existió y fue una figura divina: porque la Iglesia lo dice.

Cuando el católico no-practicante acepta a las parejas homosexuales de la misma forma que acepta las heterosexuales, está tomando postura, y esa postura afirma que en este tema en particular la Iglesia y la Biblia se equivocan. Eso significa que la palabra de dios y la autoridad dejan de ser fuentes de conocimiento fidedignas1.

¿Cómo sabe el católico no-practicante, o cómo decide, que la Iglesia se equivoca en materia de sexualidad, pero no sobre la divinidad de Jesucristo? ¿O que la palabra de dios está equivocada al condenar a muerte a los hombres que tengan relaciones homosexuales, pero no sobre el embarazo virginal? ¿En qué criterio objetivo se basa para aceptar unos dogmas como ciertos pero rechazar los que, curiosamente, le resultan inconvenientes?

La inmensa mayoría de católicos no-practicantes no tiene ningún problema con el sexo prematrimonial, ni tener relaciones sexuales por amor a su pareja (algo mal visto por la Iglesia, que considera que el matrimonio y el sexo sólo son deben ser con fines procreativos). Sin embargo, cuando llega la ocasión, se casan por la Iglesia, y van y hacen el curso prematrimonial, fingiendo una virginidad de la cuál se deshicieron hace años, prometiendo cosas que no piensan cumplir, y así empieza su matrimonio católico: rompiendo el mandamiento de no mentir.

¿No destruye esto la legitimidad católica de ese matrimonio? ¿Cuánta seriedad le dan los mismos novios al sacramento administrado por el sacerdote si tuvieron que mentir en el proceso para conseguir que el cura fuera el maestro de ceremonias de ese ritual?

Al presionar a un católico no-practicante sobre estos temas, este empezará a hacer esa contorsión mental tan propia de los creyentes; en particular hará una movida de postes fenomenal, y lo único que quedará claro es que el católico no-practicante cree en todas las ideas patentemente absurdas y antinaturales que la Iglesia logró consolidar antes del Concilio Vaticano II, que condena las atrocidades históricas que la moral secular ve con horror el día de hoy (la Inquisición, las cruzadas), que condena los casos de pederastia aunque se niega a aceptar que es un problema estructural que hace culpable a toda la Iglesia independientemente del tecnicismo estéril de que “no son todos los curas”, y que se reserva un campito de comodidad intelectual para discrepar con la Iglesia sólo cuando es socialmente aceptable hacerlo2.

El católico no-practicante solo pisa una iglesia para un bautizo, una boda o una primera comunión, pero jamás interrumpe el sermón y cuestiona al sacerdote, ni siquiera si el cura repite como poseso clichés sobre la familia como si en vez de la Biblia tuviera a la mano un guión de Rápido y Furioso.

Es lo mejor de los dos mundos: goza los frutos del pensamiento ilustrado y del progreso científico, adopta posturas modernas sobre algunos temas, pero cuando se trata de cuestionar lo que en su momento no se cuestionó durante dos milenios —ya fuera porque hacerlo equivalía a agendar una cita en el cadalso, o porque simplemente carecíamos del conocimiento necesario— entonces ahí se ponen a la defensiva y sacan al fundamentalista que llevan dentro.

¿No resulta contradictorio rechazar buena parte de los postulados de la Iglesia moderna mientras se aferran a todas sus propuestas doctrinales antiguas? Como alguien que ha intentado iniciar esta conversación varias veces, puedo decirles que muchos "católicos no-practicantes" prefieren enojarse conmigo por intentarlo antes que analizar realmente las complejas cuestiones morales que se requieren para tener algún grado de coherencia. En lugar de ese esfuerzo, obtenemos una especie de segregación moral: el escepticismo sobre la Iglesia, su legitimidad, y sus posturas morales está permitido en la actualidad y en abstracto, hasta que aparece una cuestión que requiere un poco de esfuerzo mental y dedicarle más de cinco minutos a las incómodas ramificaciones éticas que el caso conlleva, momento en el que los viejos reflejos fundamentalistas vuelven a cobrar vida, ahora santificados por el lenguaje del religioso moderado — estamos cruzando la raya, nos estamos entrometiendo en las creencias privadas de las personas, y nadie tiene por qué rendirnos cuentas de cómo llegan a sus creencias más íntimas.

Y sí, efectivamente, nadie tiene la obligación de explicar cómo llegó a sus creencias más íntimas, pero refugiarse en la intimidad no hace que la manera en la que llegó a esas conclusiones se vuelva rigurosa por arte de magia.

La definición de un fundamentalista es la persona que ha convertido sus creencias en su identidad, y se sienten atacadas cuando uno cuestiona esas creencias sin que haya agresión personal de por medio. Lo irónico es que el católico no-practicante quiere pasar por moderado (ese es todo el objetivo de ese comodín identitario), pero tan sólo basta un par de preguntas sobre esas creencias para que se ponga en modo fundamentalista, y se sienta ultrajado personalmente cuando uno sólo está tratando de tener una conversación con quien acaba de señalizar que no es un fundamentalista y presuntamente está abierto a cuestionar los dogmas católicos. Es, verdaderamente, lo mejor de los dos mundos.

Ahh, no hay nada tan dulce como la comodidad del buffet epistemológico que ofrece la posmodernidad.

1

En rigor, todo cristiano que admita algo diferente —menos cavernario— a asesinar a pedradas a los hombres que tengan relaciones sexuales con otros hombres está admitiendo que la Biblia no es la palabra revelada de un dios perfecto, porque esos versículos dejan poco espacio para la interpretación o matizaciones. Impedirles que se casen sólo es una batalla cultural moderna, pero no es lo que instruye la palabra de dios; perfectamente podrían casarse y no tener sexo, y, bíblicamente, no habría ningún problema.

2

Por eso es comodidad intelectual, no libertad intelectual. El católico no-practicante sólo llega hasta donde la opinión popular lo permite: puede tener amigos gay sin culpa, pero rara vez da el incómodo paso de indignarse o condenar la intromisión de la Iglesia en la creación de leyes que perpetúan la homofobia. Ser “no-practicante” es cómodo en el día a día, pero no le alcanza para rechazar activamente a los políticos que promueven la agenda eclesiástica.


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Publicado en De Avanzada por David Osorio | ¿Te ha gustado este post? Suscríbete para no perderte las próximas publicaciones

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