miércoles, 14 de octubre de 2026

No, no encontraron el Arca de Noé



En 1959, el capitán turco İlhan Durupınar identificó en una fotografía aérea una formación alargada cuyo contorno recordaba al casco de un barco. El sitio, en el este de Turquía, estaba cerca del monte Ararat, tradicionalmente asociado con el relato del Arca de Noé. La semejanza visual y la proximidad geográfica bastaron para despertar el entusiasmo, así que en 1960 una expedición examinó el lugar, pero no encontró restos de una embarcación ni objetos fabricados por seres humanos. El sitio fue abandonado por falta de evidencia.

El lugar volvió a atraer atención en 1977, cuando Ron Wyatt, cristiano evangélico y explorador aficionado, empezó a promoverlo como posible emplazamiento de los restos del Arca de Noé.1 En los Ochenta, Wyatt se unió a los exploradores David Fasold y John Baumgardner para estudiar el sitio con un radar de sondeo terrestre y un generador de frecuencia. Fasold narró la expedición en su libro The Ark of Noah.

Todo aquello fue un costoso ejercicio de sesgo de confirmación. La semejanza con un casco, la cercanía al Ararat y la interpretación de ciertos rasgos como paredes o refuerzos metálicos se fueron acumulando como si fueran pruebas independientes de la existencia de una embarcación. Pero todas esas interpretaciones dependían de una misma suposición: que aquello era el barco bíblico. La conclusión no llegó al final de la investigación, sino que ya estaba decidida desde el principio.

Con el tiempo, Fasold reconsideró su entusiasmo inicial. En 1996 publicó, junto con el geólogo Lorence Collins, un estudio que identificaba el supuesto barco como una estructura rocosa natural. Los materiales presentados como piezas de hierro, madera petrificada o componentes de una embarcación tenían explicaciones geológicas.

Pero ¿cómo puede la naturaleza producir algo que se parezca tanto a los restos de un barco? Es una pregunta legítima. Lo que no es legítimo es convertir la dificultad para imaginar una explicación en prueba de que la explicación tiene que ser bíblica.

Collins propuso que las capas de sedimentos se habían compactado y plegado hasta formar una estructura geológica cóncava que, tras la erosión, adquirió un contorno parecido al de un barco. Las fracturas de las rocas y las concentraciones de minerales ricos en hierro podían explicar las supuestas paredes y divisiones internas. El análisis microscópico del presunto herraje tampoco reveló una pieza de metal fabricada por seres humanos, sino una mezcla de minerales naturales. Las muestras examinadas no mostraban madera petrificada, y el estudio no encontró restos de madera ni de juncos que respaldaran la hipótesis de una embarcación.

El misterio —por llamarlo de alguna manera— había sido resuelto. Aplicando la navaja de Ockham, la respuesta más parsimoniosa era que se trataba de una formación natural. 

Pero es que esa debería haber sido la postura por defecto. ¿Para qué gastar dinero en expediciones que parten de un paquete de suposiciones tan extraordinario? Que existe un mago cósmico celestial; que hubo un hombre que vivió 500 años y que, pese a su avanzada edad, consiguió construir una embarcación; que metió en ella parejas de todas las especies animales; que el incesto masivo que siguió no produjo una cantidad igualmente masiva de defectos congénitos; y que, de la noche a la mañana, el agua de la Tierra se triplicó sólo para volver a sus niveles normales un año después.

Una opinión muy popular sostiene que la ciencia y la religión son compatibles, pero esa idea no resiste el contacto con el caso de Durupınar. La cuestión ya estaba zanjada, salvo que aparecieran nuevas pruebas capaces de cuestionar la explicación geológica. La hipótesis del Arca, además, descansa sobre suposiciones que no han sido demostradas: que hubo un diluvio universal y un Noé histórico.

Excavar el sitio dando por hecho que hay un arca que encontrar es montar la bestia antes de ensillar. Esto es pseudociencia monda y lironda. Incluso si se demostrara más allá de cualquier duda razonable que en Durupınar hay restos de una embarcación, eso no bastaría para identificarla como la nave construida por Noé. Primero habría que demostrar que se trata de un barco y, después, que se trata del barco bíblico. La segunda conclusión no viene incluida en la primera.

A pesar de esto, desde 2021, un grupo de cristianos insiste en volver a cometer el mismo error de Ron Wyatt. El proyecto se llama Noah’s Ark Scans y, según su página web, lleva a cabo una investigación por fases en Durupınar que incluye cartografiado aéreo, escaneo profundo, perforación sónica con extracción de testigos, tomografía de resistividad eléctrica profunda, estudios audio-magnetotelúricos y exploración de vacíos subterráneos con cámaras. Además, cuenta con cobertura acrítica de medios de comunicación de extrema derecha.

Noah’s Ark Scans apoya una investigación dirigida por el profesor de arqueología Cenker Atila, de la Universidad Sivas Cumhuriyet. Según un anuncio del centro educativo, las muestras se analizarán en laboratorio durante el invierno y está previsto completar las investigaciones en 2027 y presentar los datos del primer año en un libro y tres comunicaciones internacionales.

Es decir, el propio calendario del proyecto sitúa por delante una etapa de análisis de laboratorio. Eso no ha impedido que sus promotores estén vociferando desde ya sus conclusiones preestablecidas en redes sociales — la principal es que se trata de “un objeto hecho por humanos”.

Si todavía tienen por delante esos análisis, ¿cómo pueden anunciar desde ya semejante conclusión? ¿Acaso han descartado que se trata de una formación natural sin haber realizado siquiera los análisis de laboratorio previstos?

Se pone peor mejor. La directora de marketing y recaudación del proyecto es Lauren Witzke, excandidata al Senado de Estados Unidos, quien se ha declarado terraplanista y denunció las vacunas contra la COVID-19 como parte de un complot satánico. La simpática señora Witzke ha anunciado que, cuando termine la investigación, habrá que reescribir los programas universitarios y que el darwinismo será desmantelado.

¿Perdón? Ni siquiera han demostrado que haya una embarcación bajo el suelo y ya anuncian una revolución científica. ¿Para qué esperar a 2027?

Como dije, es un costoso ejercicio de sesgo de confirmación. También espero que resulte muy rentable: tienen una línea de ropa con estampados que anuncian la conclusión que anhelan, ofrecen visitas al lugar y aceptan donaciones.

Mi pronóstico es que, si Noah’s Ark Scans actúa con suficiente integridad intelectual —que, visto lo visto, lo dudo mucho—, publicará sus resultados, junto con los datos y métodos, para permitir un análisis independiente. Sospecho que los geólogos y arqueólogos que los revisen encontrarán errores metodológicos garrafales y falacias a cascoporro, conclusiones que los datos presentados no permiten sostener, e interpretaciones que ignoran explicaciones alternativas igual o más probables. También sospecho que esas revisiones recibirán apenas una fracción de la atención mediática dedicada a la investigación de Noah’s Ark Scans… siendo aquí muy generoso con el término“investigación”.

Así que no: lo presentado hasta ahora no demuestra que hayan encontrado el Arca de Noé. Lo que estamos viendo es la fabricación —o, mejor dicho, el reciclaje— de un bulo en tiempo real, con instrumentos nuevos, una campaña de recaudación y la misma conclusión preestablecida de la vez pasada.

El arca sigue sin aparecer. La maquinaria para venderla, en cambio, funciona perfectamente.

1

A lo largo de su vida, el bueno de Wyatt también aseguró haber encontrado el Arca de la Alianza, la Torre de Babel, los restos de Sodoma y Gomorra, el becerro de oro fabricado mientras Moisés estaba en el monte Sinaí y la espada de Goliat. El sesgo de confirmación es fuerte en este.



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Publicado en De Avanzada por David Osorio | ¿Te ha gustado este post? Suscríbete para no perderte las próximas publicaciones

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