Una de las cosas que siempre me ha sorprendido de ciertos escépticos es su decisión de declarar que la religión —y sus afirmaciones— no son susceptibles de análisis crítico. De repente, el principio de que “lo que se puede afirmar sin evidencia se puede descartar sin evidencia” parece dejar de aplicar cuando se trata de las creencias íntimas de otras personas.1


