domingo, 29 de marzo de 2026

Escepticismo selectivo: la gran traición del agnosticismo



Una de las cosas que siempre me ha sorprendido de ciertos escépticos es su decisión de declarar que la religión —y sus afirmaciones— no son susceptibles de análisis crítico. De repente, el principio de que “lo que se puede afirmar sin evidencia se puede descartar sin evidencia” parece dejar de aplicar cuando se trata de las creencias íntimas de otras personas.1

Da igual si alguien asegura que el agua con azúcar cura enfermedades, que los extraterrestres nos visitan en platillos voladores, que las misiones a la Luna fueron un montaje o que existe una Unicornio Rosa Invisible. En todos esos casos, el escéptico aplica correctamente la máxima: sin evidencia que las sustente, esas creencias son falsas.

Pero cuando llega el turno de los dioses —especialmente los más populares del momento— el escepticismo, de pronto, se disuelve. Surgen excusas y evasivas, a veces por no querer ofender o por miedo a la palabra “ateo”, tan satanizada durante más de veinte siglos. El ejemplo más típico de esta evasión lo encontramos en la invención del término “agnóstico”. Cuando Thomas Henry Huxley, hacia 1860, acuñó el término y se dijo agnóstico, lo hizo declarándose ignorante sobre las cosas de las cuales la Iglesia pretendía saber mucho2 — en la práctica, esa postura otorgó un estatus especial a las afirmaciones religiosas, como si tuvieran más valor epistemológico que las afirmaciones sobre la existencia de Superman.

Si una afirmación no se puede falsar, por definición es falsa. Si se puede falsar, y no tiene evidencia que la sustente, entonces también es falsa. Este es un principio que la mayoría de los adultos funcionales no tiene ningún problema en aplicar: ¿Podría existir Drácula? Solo si ignoramos algunos detalles sobre biología y astronomía.3 ¿Y hay evidencia de que exista? No, no la hay. Y, por defecto, nadie se llama “agnóstico de Drácula”, sino que directamente niegan su existencia.4 Del mismo modo, nadie se declara agnóstico de las sirenas, los orcos, las hadas o los unicornios.

Y no parecen tener ningún problema cognitivo o epistemológico para negar igualmente la existencia de los Pitufos, de Pinocho, de Romeo Montague o de Sherlock Holmes. Nadie es agnóstico de ellos, y cuando surge el tema nadie tiene esa molesta necesidad de hacer esa aclaración de garganta tan común en círculos ateos señalando la diferencia entre “creer” y “saber”, y clasificándose como “no-creyente, agnóstico del capitán Jack Sparrow” (¿ven lo increíblemente absurdo que suena eso?). Y, sin embargo, cuando se trata del dios judío, cristiano o islámico, fracasan miserablemente en aplicar el mismo estándar epistemológico — algunos incluso se dejan la piel para asegurarle a todo el mundo que son agnósticos por humildad epistemológica, una virtud que los llena de superioridad moral, aunque el suministro de dicha humildad es tan escaso, que no le extienden esta cortesía a otros seres sobrenaturales igual de increíbles, como la Unicornio Rosa Invisible.

Esto es un fracaso del escepticismo. La creencia en dios no es una categoría aparte; es una creencia más, sujeta a las mismas reglas que cualquier otra y no hay ninguna justificación para darle un tratamiento especial. Cualquier escéptico que se respete conoce la falacia del alegato especial: alegar una excepción injustificada a un principio general o universal.5 Las creencias, son creencias, son creencias, son creencias. Sería tan absurdo declararse “agnóstico de Barbie” como lo es afirmar ser “agnóstico de dios” solo porque no hay pruebas ni a favor ni que refuten su existencia.

¿Ven ya lo absurdo de esto?

Así que si uno no cree en Hulk —ya sea porque su existencia no es falsable, o porque siéndolo no hay evidencia de ningún Hulk— y no se llama ‘agnóstico’ de Hulk, mutatis mutandis, no tendría por qué llamarse “agnóstico” de dios.

Bertrand Russell señaló con acierto que, filosóficamente, llamarse agnóstico es la etiqueta más precisa, aunque eso es hilar muy fino, y en el día-a-día, por-fuera-de-un-salón-de-clase, para todos los efectos y propósitos, la palabra “ateo” se ajusta perfectamente a lo que sería su postura frente a la existencia de seres sobrenaturales. En ese sentido, todos somos agnósticos frente a miles de personajes ficticios, aunque en la realidad actuamos como ateos de facto respecto a todos ellos; pero nadie va haciendo esa aclaración cada vez que se habla sobre uno de estos temas.

Sinceramente no entiendo por qué algunos escépticos se afanan en buscar excusas justo en este único tema. La carga de justificar las creencias corresponde a los creyentes, no a quienes no las comparten. Yo no respeto creenciasporque las creencias no son susceptibles de ser respetadas, y la expectativa de que uno trate con devoción las creencias ajenas es una de las más molestas manifestaciones del totalitarismo religioso. No entiendo por qué alguien que explícitamente dice no pertenecer a estas comunidades doctrinales divertiría activamente sus expectativas de comportamiento.

Para ser una especie tan dada al maniqueísmo, resulta curioso que haya tanta gente dispuesta a hacer piruetas mentales para hurgar una zona gris donde no puede surgir. Sólo existen dos posiciones posibles ante una creencia: creerla o no creerla. Así como una televisión solo puede estar encendida o apagada, del mismo modo no hay un estado intermedio entre tener una creencia y no tenerla.



1 Y esto seguramente amerite un post aparte, porque lo que es la creencia íntima de una persona no lo es para otras, y a la larga no hay una diferencia objetiva entre creencias íntimas y no íntimas. Una creencia sólo es íntima de manera subjetiva —es decir, porque alguien decidió darle ese estatus dentro de su cabeza—, pero uno es el único responsable de lo que pasa dentro de su cabeza. No se puede esperar que los demás modifiquen su comportamiento por algo que es, a todas luces, un proceso mental interno y subjetivo. Tampoco veo muchos escépticos privándose de criticar la creencia en Pie Grande, a pesar de que hay personas que le han dado ese estatus “íntimo” a esa creencia.

2 Su declaración como “agnóstico” también vino acompañada de un rechazo explícito al ateísmo y a las corrientes filosóficas del librepensamiento. Lo de la satanización no es gratuito.

3 Drácula no sale de día porque moriría por la luz solar; sin embargo, al salir de noche, igual recibiría la luz solar que rebota en la Luna.

4 El agnóstico que dice que no sabe si dios existe suele admitir argumentos “en caso de que exista” —como la absurda apuesta de Pascal—, pero los agnósticos de Drácula no ponen ajo en las puertas de sus casas ni tienen listas pistolas con balas de plata, sólo por si acaso.

5 Ningún escéptico cree en duendes, fantasmas o el chupacabras, y son muy pocos los que se privarían de cuestionar esas creencias sólo porque alguien más las sostiene con mucha convicción.

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Publicado en De Avanzada por David Osorio | ¿Te ha gustado este post? Suscríbete para no perderte las próximas publicaciones

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