lunes, 7 de julio de 2014

Yo, David Osorio, ya no hago parte de la Iglesia Católica



En el 2013 se convocó a la primera Jornada Latinoamericana de Apostasía, que promovimos desde la Asociación de Ateos y Agnósticos de Bogotá (AAAB). Aunque el proceso para apostatar parece sencillo, la Iglesia puso muchos obstáculos y, después de superarlos, finalmente, puedo decir muy orgullosamente que ¡¡ya no hago parte de la Iglesia Católica!!

La primera excusa fue que, a diferencia de países como Chile, en Colombia no se puede hacer apostasía de manera colectiva, sino que tiene que hacerse individual y personalmente (por fuera de Bogotá, incluso inventan más requisitos ridículos).

Ni corto ni perezoso, llené el modelo de carta de apostasía con mis datos y lo llevé a la Arquidiócesis de Bogotá, donde —para mi sorpresa— lo recibieron sin ningún problema.



A los dos días, me llamaron para informarme que mi solicitud de apostasía sería resuelta en un mes. De hecho, poco antes del mes, recibí una carta diciendo que habían recibido mi solicitud y se le había dado traslado a la parroquia donde se habían aprovechado de mi incapacidad para oponerme y me habían bautizado.



Esto significa que aceptaron mi apostasía, pero la comunicación de la Arquidiócesis fue tan escueta que en ninguna parte confirmaban la buena noticia. Por eso les envié un derecho de petición exigiendo que se pronunciaran al respecto. Cuando recibieron mi petición, me llamaron para decirme que la apostasía fue aceptada y para confirmarlo enviaron una copia de mi partida de bautismo con la anotación de que renuncié públicamente a su fe.



Porque no les bastó con que renegara públicamente desde el 2008 de la existencia del ser imaginario que en su mitología llaman Espíritu Santo (blasfemia imperdonable, motivo de excomunión automática... que no se vieron muy entusiasmados en aplicarme), ni con mi defensa de los anticonceptivos y su facilidad de acceso, ni con mi promoción de los derechos de las mujeres y la población LGBTI, ni la desobediencia y burla directa al títere que tienen como 'presidente' de su malhabido Estado — nada parecía suficiente motivo para dejar de contarme como católico.

Así que tomé cartas en el asunto y desvinculé mi nombre de la mayor mafia criminal que jamás haya existido, usando los medios legales que tuve a la mano (porque, a diferencia de la Madre Iglesia, yo no voy quebrantando las leyes a conveniencia). Supongo que la felicidad que siento en este momento debe ser similar a la de ser tachado de la Lista Clinton... con la diferencia, claro, de que los capos no tienen por costumbre reclutar niños aprovechando su inocencia, mientras que ese es el modus operandi del catolicismo.

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