domingo, 19 de abril de 2026

El argumento anatómico



Aunque llevo cerca de 20 años de haber rechazado la creencia en dios, las teologías y el producto más nocivo jamás inventado por los humanos —la religión—, y aunque he consumido prácticamente todos los argumentos y debates a mi alcance sobre la cuestión de dios (o, más precisamente, de los dioses), hay un argumento que rara vez he visto formulado con claridad: la incompatibilidad básica entre la idea de un dios todopoderoso, creador del universo, capaz de leer nuestras mentes, conocer nuestros corazones y juzgarnos al final de nuestras vidas, y lo que sabemos sobre la conciencia.

Sabemos que la conciencia es una propiedad emergente de una organización específica de la materia: el cerebro. Sabemos también que existe una relación estrecha entre la complejidad del cerebro y la complejidad de la conciencia, y que cerebros muy pequeños o gravemente dañados no sostienen formas ricas de experiencia consciente. Sabemos, además, que el cerebro no existe de manera aislada: depende de un cuerpo material, de sistemas de soporte, de límites físicos muy concretos.

A partir de ahí, la idea de una conciencia capaz de crear el universo, presentarse ante nosotros, hablarnos, asignar propósito a nuestras vidas, dictar o inspirar un libro, y además premiarnos o condenarnos después de la muerte, se vuelve insostenible. No existe evidencia de que algo así sea físicamente posible. Tampoco hay evidencia de que el cuerpo necesario para sostenerlo pudiera existir sin colapsar bajo sus propias limitaciones físicas. Y, hasta donde sabemos, tampoco hay rastro de la infraestructura biológica que haría posible tal organización de la materia.

Por eso, el dios clásico, personal, consciente, intervencionista y juez moral al que suelen apelar las religiones abrahámicas es incompatible con la mejor evidencia que tenemos sobre la conciencia y su dependencia del cerebro. Si la mente requiere un sustrato material para existir, postular una mente cósmica infinitamente más compleja pero sin soporte material es postular una imposibilidad.

Seguramente vendrán los filósofos a discutir; los posmodernos a afirmar, de una u otra forma, que la realidad objetiva no existe—en cuyo caso pueden continuar su camino: Internet es muy grande para que vengan a derramar aquí su justificación de la injusticia—, y los dualistas a insistir en que la mente puede existir separada del cerebro. Esa posición pierde fuerza a medida que se acumula evidencia, porque cada nuevo hallazgo estrecha más el margen para sostener una mente desligada de la materia.1

Aquí, al final, manda la evidencia. Si alguien puede demostrar un cerebro capaz de crear todo lo que existe, junto con el cuerpo inmenso que necesitaría para sostenerlo sin violar las leyes naturales, tiene el campo abierto para refutar este argumento.

Mientras tanto, me parece que esta tesis no solo es plausible, sino que es mucho más fuerte que la afirmación contraria, de que existe un dios personal, consciente y juez moral.

Si el argumento ya fue formulado antes —lo cual es muy probable, me ha ocurrido con otras ideas— agradeceré la referencia para dar el crédito correspondiente.




1 Seguramente también vendrán los apologistas religiosos a jugar con las definiciones y a torcer el significado de la palabra “dios” hasta volverla irreconocible —alguna variante del tipo “dios es amor” o una fórmula igualmente vacía—. Una vez logrado ese desplazamiento semántico, darán por demostrada la existencia de “dios” bajo esa definición adulterada, para luego volver al significado original como si nada hubiera pasado.

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Publicado en De Avanzada por David Osorio | ¿Te ha gustado este post? Suscríbete para no perderte las próximas publicaciones

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