Posiblemente existan pocas temporadas más estresantes y desesperantes para mí que las elecciones presidenciales en Colombia. Para colmo, la temporada electoral coincide, cada cuatro años, con el Mundial de fútbol; y la yuxtaposición de ambos eventos eleva el volumen de chovinismo en el país a niveles verdaderamente insoportables. Tener una conversación racional en esas circunstancias se vuelve una tarea apoteósica.1
En general, trato de ya no escribir demasiado sobre política y actualidad nacional, porque una vez empiezo, me veo en la necesidad de tener que hacerle seguimiento minucioso a uno o más temas, y/o a un candidato, al candidato rival, los candidatos intermedios, las peleas de turno, y todos los comentarios virales que van apareciendo. Es un compromiso que termina siendo inviable, al menos con mi escaso tiempo libre en este momento. Prefiero, entonces, elegir mejor mis batallas.2
Sin embargo, en contra de mi buen juicio, he terminado escribiendo este post sobre actualidad colombiana. Y, para mi sorpresa, que son buenas noticias. ¡Y vienen del Congreso de la República!
Contra la ablación
La primera buena noticia es que Colombia por fin decidió ponerle fin a la práctica inhumana y salvaje de la mutilación genital femenina, también llamada ablación. En un inusual ataque de cordura, el Congreso aprobó una ley contra esta práctica, protegiendo así los derechos humanos y la integridad física de niñas y adolescentes, principalmente de comunidades indígenas.3
Es un tema al que le he seguido la pista durante años. En 2007, el Fondo de Naciones Unidas y el ICBF lanzaron el proyecto Embera Wera (Mujer Embera), con el objetivo de erradicar la mutilación genital femenina entre la comunidad embera chamí en Risaralda. Kudos para ellos — sus esfuerzos han dado fruto, y casi veinte años después, hemos terminado por crear una política pública para prevenir, atender y erradicar la ablación en el país, además de implementar protocolos en el sistema de salud para atender estos casos de manera adecuada.
Creo que lo ideal habría sido también elevar esta práctica a la categoría de delito. Sin embargo, estos días trato de no dejar que lo perfecto sea enemigo de lo bueno. Además, y al igual que con muchas prácticas pseudocientíficas, aunque técnicamente ya existe un tipo penal que abarca estos comportamientos, tipificar la práctica de manera explícita ayudaría a que fiscales, jueces y cuerpos de policía no recurran a excusas interpretativas para no hacer cumplir la ley.
Como colombiano, son muy pocas las veces en la vida que uno puede sentir algo de orgullo nacional. Algunos pensarán que esta es una de esas ocasiones, aunque yo conservo cierta ambivalencia. Por un lado, sí, esta es definitivamente una buena noticia. ¿Saben lo difícil que le resulta al colombiano promedio entender que cada quién es dueño soberano de su propio cuerpo? ¿Y lo poco que les importan los derechos de las mujeres? ¿Y lo menos que les importan los indígenas? ¿Y lo bullosos e insoportables que son los racistas “multiculturales”, con su afán de sacrificar los derechos humanos y las libertades individuales en el altar de ‘respetar’ culturas ajenas — como si las ideas fueran susceptibles de respeto?
Como digo, un ataque de cordura. Y vale la pena celebrarlo.
Por otra parte, hasta hoy Colombia sigue siendo el último bastión de la mutilación genital femenina en el continente americano — entre 2020 y 2025 se registraron más de 200 casos (y, además, hay mucho sub-registro). La ley no es una solución automática sino un piso normativo, y su éxito dependerá de la implementación y cumplimiento reales. Cada quién sabrá cuánto orgullo le despierta esto.
En cualquier caso, cuando cubrí este tema inicialmente, nunca me imaginé que vería el día en que esta práctica machista finalmente fuera tomada lo suficientemente en serio como para disponer el ordenamiento jurídico en su contra. ¡Qué bueno! Ahora, ojalá la práctica sea erradicada efectivamente y para siempre.
La energía nuclear llega a Colombia
La otra buena noticia es que le hemos abierto la puerta a la energía nuclear en el país. De nuevo, algo que nunca me imaginé.
Hay un grupo de temas que son radiactivos para el activismo ambientalista. Entre estos se encuentran el glifosato, el fracking, los transgénicos, y la energía nuclear; todos ellos mal vistos por el ambientalismo mainstream, que muestra muy poco interés por lo que diga la evidencia.4
En particular, la oposición cerril a la energía nuclear nació de miedos heredados de la Guerra Fría —comprensibles en su momento—, y luego se reforzó con el sensacionalismo y las mentiras fabricadas cada vez que ocurre un accidente en un reactor nuclear. (El total de muertos por radiación en Chernóbil fue de treinta; el de Fukushima fue cero.) Todo esto ha ayudado a cimentar la postura antinuclear en el ambientalismo de boutique, que, por supuesto, es la que legisladores y políticos desinformados recogen, por ser la opción que tienen más a la mano, en vez de por su veracidad.
En todo caso, el Congreso aprobó la ley nuclear, que, entre otras cosas, crea la Agencia Nacional de Seguridad Nuclear (ANSN) y establece el marco normativo para cuando el país empiece a generar energía nuclear, proyectado para 2035. Aunque todavía no tenemos energía nuclear en el sistema eléctrico, la ley es un buen primer paso, pues establece un marco regulatorio y una agencia para implementarlo con seguridad.
Nunca pensé que el Congreso colombiano pudiera producir nada bueno. Es claro que me equivoqué. No es que ahora sea un órgano virtuoso, sino que en este período legislativo logró dos cosas históricas: proteger niñas y recién nacidas de una práctica misógina que afecta principalmente a las mujeres en comunidades indígenas, y abrirle la puerta al tipo de energía más limipia y segura que conocemos hasta el momento. Es raro para mí ver que el legislativo se ponga del lado de los derechos humanos, y que fabrique políticas públicas basadas en la mejor evidencia disponible.
Son pasos en el sentido correcto, y vale la pena señalarlo. No es poco que, por fin, el país haya hecho dos cosas sensatas a la vez.
1 También, por qué no decirlo, esta temporada me ha regalado un puñado de momentos geniales. Por ejemplo, unas cuántas elecciones atrás, un día un familiar estaba eufórico porque la Selección Colombia ganó un partido de la ronda inicial. Con la camiseta oficial de la Selección puesta, se llevó el logo del pecho a los labios y lo besó, mientras decía “¡¡Te amo, Colombia!!”. Menos de 24 horas después, estaba furioso con el resultado electoral, y repetía “País de mierda”.
2 Por si a alguien le interesa: voté por Iván Cepeda en primera vuelta, y votaré por él en segunda. Dicho esto, es un candidato bastante lejos de ser perfecto, y con quién tengo diferencias ideológicas y políticas (y estéticas, aunque eso no entra en la ecuación). Mis motivos son varios, aunque se pueden resumir así:
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Cepeda es el único candidato de izquierda; es decir, alguien cuyas políticas se enfocarían en mejorar las condiciones y los salarios de la clase trabajadora, y en reducir la pobreza y la brecha económica.
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Cepeda es el único que no es aliado o taimado de Donald Trump. No alinearse con la administración americana en este momento es, en términos morales, el equivalente actual de “Yo me opondría a los nazis”. Y yo me opondría a los nazis.
3 Quizá, dentro de 200 años, se lleguen a plantear proteger también la integridad psicológica y mental de los niños, y prohíban el expendio de religión a menores de edad. Eyy, soñar no cuesta nada...
4 Uno de los aspectos más frustrantes de la campaña de Cepeda —más exactamente de los influencers y usuarios que lo promueven en redes— es su narrativa anticientífica. No se puede combatir la injusticia con falsedades. El glifosato no es un villano, el fracking tampoco, y los transgénicos figuran entre los avances científicos más importantes en la historia de la humanidad, fácilmente a la misma altura de las vacunas o el modelo atómico.
Repetir estas falsedades en campaña termina siendo contraproducente: le deja el campo abierto a la campaña de de la Espriella, y le cierra la puerta a una conversación nacional seria sobre implementación segura, protección de los trabajadores, y regulación efectiva. Mientras tanto, el candidato rival sólo necesita sentarse con los empresarios y prometerles vía libre a sus actividades, regalándoles los recursos naturales y que puedan explotar a sus trabajadores.
Tampoco descarto que esta antipatía a la ciencia lleve a alguien a repudiar a Cepeda o a votar directamente por de la Espriella. Me parece un escenario improbable, porque la inclinación científica y el deseo de tener políticas públicas basadas en la mejor evidencia disponible seguramente actúan como un cortafuegos contra el talante autoritario y filofascista de de la Espriella — una cosmovisión basada en la curiosidad y una mejor comprensión del mundo choca directamente con la postura de que la verdad viene revelada o derivada de la autoridad.
____Publicado en De Avanzada por David Osorio | ¿Te ha gustado este post? Suscríbete para no perderte las próximas publicaciones



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