Aunque no quiero escribir mucho más sobre política colombiana, hay una voz al fondo de mi mente que no me va a dejar en paz hasta que ponga estas ideas por escrito y ordene mis pensamientos.
Resultados
Lo primero es reconocer que el ganador de las elecciones fue Abelardo de la Espriella. Él representa, a mi juicio, el tipo de político más peligroso: el que no tiene convicciones propias más allá de querer enriquecerse y evitar problemas judiciales.
Que Iván Cepeda haya quedado segundo, con una diferencia de apenas 200 mil votos, es —dentro de todo— un dato esperanzador. Sugiere que el macartismo que ha marcado la política colombiana durante más de 70 años empieza, lentamente, a perder fuerza. En 2006, Uribe le sacó a Carlos Gaviria una ventaja cercana al 40%. Esta vez, la diferencia fue inferior al 1%.
El cambio es lento. Más de lo que me gustaría. Pero también hay que ponerlo en perspectiva histórica: hace apenas un siglo, los conflictos al interior de la derecha —entre liberales y conservadores— se resolvían a bala. Con ese historial, tal vez el país no tiene en su naturaleza aceptar fácilmente que otros piensan diferente.
Pesos y contrapesos
Para mi sorpresa, la victoria de de la Espriella no me genera el mismo despecho que me produjo, hace 10 años, el resultado del plebiscito. Colombia, con todos sus problemas, ha tenido instituciones que funcionan como contrapesos efectivos, y eso permite aceptar el resultado con un poquito más de tranquilidad.
La Constitución de 1991, aunque imperfecta, sigue siendo uno de los pilares más valiosos del país. Que distintos caudillos —como el tenebroso Álvaro Uribe o el mismo Gustavo Petro— hayan intentado desmontarla sin éxito dice mucho de su resiliencia. Y la Corte Constitucional ha jugado un papel importantísimo en la preservación y ampliación de derechos.
No tengo dudas de que el nuevo gobierno romperá cosas y causará daños institucionales, geopolíticos, sociales y jurídicos. Y, como siempre, ese daño afectará principalmente a las poblaciones más vulnerables: trabajadores, poblaciones rurales, niños, adultos mayores, mujeres, minorías religiosas y la población LGBTI.
Pero hay otro contrapeso relevante: el Congreso. El hecho de que el Pacto Histórico sea la fuerza más numerosa limita un poco el margen de maniobra del Ejecutivo; algo que no ocurrió, por ejemplo, en el primer gobierno de Uribe.
El post-uribismo
Un desarrollo positivo que no hemos tenido el suficiente tiempo de asimilar, y mucho menos celebrar, es el declive de la perniciosa figura de Álvaro Uribe. Durante dos décadas, su influencia marcó la política nacional. Hoy, ese control se erosiona.
Ese nido de hampones que el señor llama su partido —para colmo, un partido de extrema derecha llamado ‘Centro Democrático’— quedó de segundo en el Congreso, y la candidata elegida por Uribe, la igualmente impresentable Paloma Valencia, quedó relegada al tercer lugar en la primera vuelta de las elecciones. No es que pretenda darle consejos al Amado Líder, pero a lo mejor jugarle al machismo y elegir a una mujer como marioneta son jugadas que se cancelan entre sí.
De cualquier forma, Uribe ya no tiene el control de la política y la actualidad nacionales, y ese solo hecho es un acontecimiento positivo. A medida que las ratas abandonan el barco, bien puede el señor concentrarse en su futuro judicial, que sigue siendo incierto. Por el momento, puede visitar a sus delincuentes familiares, su hermano y su primo. Eso mientras la Corte Suprema de Justicia determina si hubo errores procesales en el juicio contra él; si no, pasará a ser el protagonista principal del retrato de la familia criminal Uribe.
Incluso si es condenado a la máxima pena de prisión, recibe cárcel por cárcel en vez de estar ‘confinado’ a su inmenso latifundio, creo que aún así la habrá sacado barata. Pero en vista de que no existe ningún dios ni hay vida después de la muerte, la alternativa a la imperfecta justicia terrenal es la injusticia; así que me quedo con la primera.
Autogol
Sin embargo, que Uribe deje de ser el epicentro político del país no resuelve el problema que lo hizo posible en primer lugar.
Ese “uribismo purasangre” no era simplemente lealtad a un líder. Era —y es— la expresión de un sector profundamente resentido. Uribe supo hablarle a ese resentimiento. De la Espriella, simplemente, lo intensificó.
Tenemos una historia con 200 años de gobiernos de derecha y cuatro de izquierda, y sólo bastó que el candidato se disfrazara de tigre y subiera la retórica incendiaria, como decir que iba a “destripar a la izquierda”, para que hordas de idiotas útiles empezaran a decorar sus redes sociales con imágenes de tigres cual impulsadoras de Zucaritas.
Tenemos un problema. Incluso si de la Espriella hubiera perdido por el mismo margen, el problema seguiría intacto: existe una franja considerable del electorado que sólo vota movida por resentimiento. Son como MAGA en EEUU... con la diferencia de que en EEUU al menos hay ex-MAGAs llorando porque el leopardo se les comió la cara. En Colombia no hay ex-uribistas en el sentido de que se hayan desconvertido. En puridad, los ex-uribistas son post-uribistas: pueden haber dejado atrás al paisa manteco, pero siguen votando con la bilis. Y creo que ni siquiera se darán cuenta cuando el tigre se les coma la cara.
A juzgar por lo visto, mi teoría de la mente de estas personas es que la política funciona para ellos como un partido de fútbol, en el que no importan las propuestas, las intenciones ni las consecuencias; sólo ganar. De la Espriella entendió eso perfectamente. La simbología, el lenguaje, e incluso la apropiación de la camiseta de la Selección: todo apunta a convertir la política en espectáculo.
El problema es que las elecciones sí tienen consecuencias. Pero quienes las ven como entretenimiento rara vez padecen dichas consecuencias. Y cuando las sufren, desplazan la responsabilidad: simplemente le echan la culpa a la izquierda en general, o a Petro en particular. De nuevo: 200 años en el poder, pero el país es una pocilga tercermundista de mierda gracias a la izquierda. ¡Ajá!
El caso del sistema de salud ilustra perfectamente ese patrón. Llevamos 35 años con un sistema de salud que le da dinero de los contribuyentes a las EPS, intermediarios privados que debían usar esos recursos para administrar medicamentos y tratamientos, y terminaron ‘invirtiéndolos’ en construir sus propias clínicas y hospitales, a los que luego les dieron tratamiento preferencial. Además, hicieron una integración vertical con sus propias prepagadas para favorecer los servicios que venden por aparte. El resultado es previsible: un sistema que lleva décadas al borde del colapso, porque los contribuyentes no siempre pueden pagar los costos de la salud, así que mucho menos pueden pagar por la salud y la avaricia de los privados al mismo tiempo.
El sistema fue diseñado por Álvaro Uribe y César Gaviria, pero la ira terminó recayendo sobre Petro cuando intentó reformarlo. Y claro, lo hizo con su estilo característico: a punta de bravuconadas e insultando a todo el mundo. En respuesta, las EPS, al ver su negocio amenazado, empezaron a negar medicamentos y tratamientos a mansalva. De nuevo: culparon a Petro.
Podemos debatir —e incluso estar de acuerdo— en que intervenir todas las EPS al tiempo, sin un plan claro, no fue el mejor curso de acción. Podemos cuestionar que se afectara a casi 25 millones de afiliados al mismo tiempo. Podemos señalar lo absurdo que resulta que el Gobierno se haya negado a dialogar con las EPS. También podemos denunciar que el sistema privilegia el tratamiento en ciudades y ofrece una cobertura precaria en zonas rurales. Podemos discutir la ausencia de un enfoque serio de prevención. Yo, por mi parte, seguiré pensando que los médicos de primera línea deberían recibir sueldos dignos.
También reconozco que algunas EPS han hecho lo que debían y que no todas son corruptas. Entiendo, además, que parte del desastre vino de la incompetencia con la que el Gobierno impulsó su reforma —a la malditasea— y que hubo pacientes que quedaron desprotegidos. Sé también que la reforma no resolvía enfermedades crónicas del sistema, como la dificultad para sacar citas o la escasez de especialistas.
Pero si concedo todos y cada uno de esos puntos, sigue pendiente la pregunta de fondo: ¿por qué tenemos que subsidiarle, con dinero de los contribuyentes, el negocio a los mercaderes de la salud, en vez de usar ese dinero para pagar única y exclusivamente por la salud? Porque eso era lo que pretendía resolver la reforma de Petro. Estoy más que dispuesto a admitir que quizá no habría cumplido su cometido, pero eso no responde la pregunta esencial: ¿por qué sería aceptable que los gerentes de empresas privadas se apropien del dinero público para seguir alimentando sus propios negocios?
No todos los problemas acumulados del sistema de salud son culpa de Petro; la mayoría son de gobiernos y congresos anteriores, que llegaron al poder como consecuencia de elecciones. Pero cuando el debate público es capturado por el resentimiento, incluso un problema material termina convertido en una disputa moral entre bandos. Y así ocurre con cada tema de la agenda nacional, que sigue este patrón de deformación política. Para rematar, uno de los dos bandos está formado por tigrillos resentidos que fueron amaestrados para atacar al objetivo señalado, e ignorar todo lo demás: quién se beneficia con su resentimiento, con su odio, con la cólera que suprime sus capacidades de pensamiento crítico, con su negativa a ponerse en los zapatos del otro (salvo que se trate de la víctima adecuada).
Y mira que yo lo único que siento por Petro es un desprecio profundo. Sí: yo no olvido ni perdono cosas como el voto por Ordóñez y su alianza con iglesias evangélicas. Es que no se puede combatir la desigualdad aliándose con extremistas religiosos. Pero tampoco es intelectualmente honesto reducir su gobierno a una caricatura. Hubo resultados positivos, sí, aunque también hizo cosas mal, y cometió errores graves. Por ejemplo, uno no se para frente al mundo entero y reivindica el estalinismo. Al mismo tiempo entiendo que sacar a millones de colombianos de la pobreza, incrementar la cantidad de ingresos disponibles de la clase trabajadora y completar cuatro años al frente del país sin vender una sola empresa pública son resultados positivos.
Pero los resentidos odian a Petro sólo por ser de izquierda, porque alguna vez militó en una guerrilla, y porque ganó las elecciones en 2022. No tienen argumentos que resistan el contacto con los hechos; y todo lo que hacen es coger cualquier evento, pasado o presente, hacer la peor interpretación posible y asignarle la responsabilidad al saliente presidente. Sus predicciones catastróficas tampoco se cumplieron nunca. Y, sin embargo, no hubo revisión ni autocrítica. ¿Dónde están las disculpas por vaticinar que el dólar llegaría a $ 10,000 COP, algo que no ocurrió en ningún momento durante los últimos cuatro años? ¿O por la profecía de que nunca más habría elecciones en Colombia (de nuevo: acaban de ganar)?
Una de las razones por las que he dejado de escribir sobre política colombiana es porque no sé cómo hablar con esta gente. ¿Qué sentido tiene sentarse a “arreglar el país” con gente que no entiende que la democracia es más que el resultado de un papelito metido en una caja, que es un conjunto de elementos sociales, políticos, económicos y jurídicos que reflejan si la ciudadanía es efectivamente representada y respetada tanto por sus autoridades como por sus instituciones? ¿Para qué me pongo yo a hablar con alguien que, en cambio, simplemente concibe la jornada electoral como un partido en el cuál lo que importa es ganarle al rival a como dé lugar?
¿Cómo le llega uno a gente que se rasgaba las vestiduras porque Chávez estaba desmantelando la democracia en Venezuela pero que calló cómplicemente cuando Uribe trató de hacer lo mismo al mismo tiempo? ¿Cómo tiene uno un intercambio honesto de ideas con alguien que está tan traumatizado porque no pudo ir a su finca en los Noventa que sólo vota por quien tenga la retórica más incendiaria contra las guerrillas? ¿Cómo saca uno a alguien de su obsesión macartista cuando no están interesados en salir?
Una década y media antes de que existiera Twitter, los medios de comunicación colombianos ya habían perfeccionado el modelo de negocio de tener a la audiencia cautiva con una dieta constante de odio y resentimiento. Y lo hicieron de maravilla: aunque las masacres de los paramilitares se cobraron más vidas, las de la guerrilla eran las que se llevaban los titulares y el cubrimiento especial. Durante años, esta franja del electorado creyó (muchos todavía creen) que el principal problema del país eran las Farc; yo mismo lo creí en algún momento. Pero las Farc (las disidencias, el ELN, o la guerrilla de turno) en su encarnación narcotraficante sólo son el resultado de dos decisiones de política pública: primero, no tener presencia estatal en todo el territorio nacional; y segundo, apuntarse a la auténtica idiotez de la guerra contra las drogas. Y ahí siguen, los colombianitos ‘de bien’, eligiendo tipos que van a recortar (¡aún más!) el tamaño del Estado y mantener la fantochada de prohibir las drogas. Buena, campeones, sigan haciendo el problema peor, y luego a lloriquear porque no pueden ir a sus fincas.
A pesar de que en la práctica la guerrilla tiene de izquierda lo que LeBron James tiene de enano, la relación espuria fabricada por los medios quedó grabada a fuego en la mente de la audiencia. Muchos de estos mininos ni siquiera pueden ofrecer una definición elemental de izquierda o derecha.
Por si ese fracaso monumental del periodismo nacional fuera poco, en estas elecciones hicieron todo lo posible para enmarcar la contienda como una falsa equivalencia entre dos candidatos extremistas, uno de izquierda y uno de derecha. Pero mientras la retórica de de la Espriella sí es de extrema derecha, Cepeda no tiene nada de extrema izquierda. Defender los DDHH y la institucionalidad no son posturas de extrema izquierda, ni siquiera son exclusivas de la izquierda. Hay una derecha no cavernaria que también reivindica esas premisas. En fin: aparentemente, en Colombia los medios de comunicación no pueden encontrar un solo político de izquierda. Según ellos los hay de extrema izquierda, de centro, de derecha, y de extrema derecha.
No es que los votantes resentidos estén completamente desinformados; es que la información que consumen, el resentimiento que cultivan y los incentivos que reciben los empujan hacia una lectura del mundo que les parece moralmente satisfactoria, aunque políticamente sea destructiva.
Este es un problema que no sé cómo se resuelve, porque es muy fácil cultivar resentidos y cosechar sus votos indignados. No sé si así es como mueren las democracias, pero ciertamente es una amenaza a su continuidad. Y no sé qué se puede hacer para tomar a estos ardidos y hacerles entender que la injusticia que perciben contra ellos no es la peor en la historia de la humanidad ni la de Colombia, que con el nivel de indignación que han decidido alcanzar nunca van a sentirse saciados ni aunque se bañen en ríos de sangre de guerrilleros y usen sus cráneos para hacer carreteras, y que el agravio que sintieron ni siquiera es lo suficientemente grave como para quemarlo todo y reducirlo a cenizas. Peores cosas le han pasado a otras personas y, de esas, las que consiguen cambiar las cosas para mejor son las que dejan su rabia a un lado al momento de tomar decisiones y prefieren basarse en la razón y los hechos.
No sé cómo una sociedad calma las ansias asesinas de la mitad de su población para que puedan (re)construir juntos, a pesar de las diferencias. La alternativa es la violencia sin fin.
¿Salen rayados?
He tenido la desagradable experiencia de hablar con uribistas purasangre que se llenan la boca de espuma de pensar que hubo un proceso de paz con la guerrilla de las Farc. Todo lo que consigo son improperios al señalar que Uribe también buscó hacer un proceso de paz con la guerrilla; los insultos no cambian el hecho de que el tipo hizo eso.
Estos tigrillos amaestrados me responden que los anarquistas me lavaron la cabeza (?) cuando señalo la inconsistencia lógica de negociar la liberación de guerrilleros para conseguir la libertad de Íngrid Betancourt por parte de la gente de “¡¡Nunca está bien negociar con terroristas!!”.
Son las mismas personas que siguen ardidas porque hubo guerrilleros congresistas. Estas personas votaron por Uribe, el ‘Centro’ ‘Democrático’ y la marioneta de turno de Uribe, y no les importa en lo absoluto que Uribe albergó en su partido a guerrilleros como Rosemberg Pabón. La coherencia rara vez puede cohabitar con el celo felino.
De la Espriella no se ha posesionado todavía y ya se empieza a ver que en su gobierno la corrupción va a campar a sus anchas, como un tigre de Bengala en Bangladesh. Todos los nombramientos que ha hecho son de clientelismo, los de siempre, y, ¿la guinda del pastel? El exguerrillero Carlos Alonso Lucio liderará el empalme con el gobierno saliente. Y yo quiero saber: ¿Dónde está el raye? ¿Dónde están la indignación, el resentimiento? ¿Dónde está el pechito henchido, al grito del mantra “No existen los ex-guerrilleros. Guerrillero una vez, guerrillero siempre”?
* Gorjeo de grillos *
Ni un rugido de cachorro. Los tigrillos han sido amaestrados durante 24 años para sólo rugirle a los objetivos señalados. ¡Jajaja! Es tan fácil conseguir su voto que hasta da penita ajena. Los tigrillos no se rayan con la impunidad de guerrilleros cuando esa impunidad es ofrecida por sus amos. Y sólo rompen sus inquebrantables principios para lamerle la suela a la gente adinerada o a los amigos del amo.
Supongo que, al fin y al cabo, no salen rayados.
El tigre… del Norte
El problema no se agota en Colombia, porque quien vota con el resentimiento local termina, sin darse cuenta, allanando el camino para el vasallaje internacional.
Los titiriteros de Donald Trump anhelan regresar al mundo feudal, en el que ellos —obvio— serían señores feudales dentro de un imperio que mandaría con puño de hierro en su zona de influencia, en el dichoso mundo multipolar. La idea resuena bien con las ambiciones imperialistas de Vladimir Putin, pues la zona de influencia rusa sería Europa; y del Partido Comunista Chino, cuya zona de influencia sería Asia, y por fin podrían tragarse a Hong Kong y Taiwán así como hicieron con Tíbet.
Para adelantar este proyecto en la zona que cree que le corresponde, Trump ha ensamblado lo que llama el “Escudo de las Américas”, un grupo de países del continente alineados ideológicamente, en este momento, con el proyecto fascista de la Fundación Heritage, que prácticamente se convertirían en colonias de EEUU.1
Esto significa que toda esa retórica felina de de la Espriella no era sino un simple artificio para ser elegido, y que él está más que dispuesto a comprometer al país en proyectos que beneficien a los americanos. No a todos los americanos, por supuesto, sino muy específicamente a los americanos multimillonarios. Y hará esto independientemente de lo beneficiosos o dañinos que puedan resultar dichos proyectos para los colombianos. No para todos los colombianos, sino principalmente para aquellos de nosotros a los que, en todo caso, nos toca trabajar para sobrevivir.
Eso es lo que significa ser (parte de) un escudo: recibir los golpes para evitar que le hagan daño al portador. Está en el nombre. Incidentalmente, muchos de los resentidos colombianos son sionistas, y comparten el meme de los islamistas usando a la población civil como escudo, mientras que ponen a un soldado israelí dispuesto a sacrificarse por los civiles de su país. Es curioso que luego vayan y voten por un tipo que los va a poner en la situación exacta en la que los islamistas ponen a los palestinos en el meme.2 Lo dicho: la coherencia es imposible cuando uno está cegado por la ira.
De cualquier forma, todo esto depende de que Trump pueda seguir haciendo y deshaciendo a su antojo en los dos años y medio que le quedan de mandato (si es que vive todo eso). La guerra en Irán y su consecuente cierre del estrecho de Ormuz han conseguido que la inflación a nivel global se vaya para el techo; lo que a su vez ha hecho que los pronósticos para las elecciones de medio mandato en EEUU este noviembre apunten a que los republicanos se van a llevar una paliza. Si los demócratas ganan la Cámara de Representantes (que es probable), podrán hacerle contrapeso a Trump. Si llegan a ganar también el Senado (menos probable) podrían bloquear toda su agenda en los dos años que le queden de mandato, y hacerle debates de control político hasta el hartazgo (y supongo que hacerle más impeachments, aunque eso es más simbólico que productivo).
En Colombia, el Presidente se posesiona a principios de agosto, y en EEUU la nueva legislatura se posesiona en enero. A poco que los republicanos consigan amañar por completo el mapa electoral para evitar la paliza que parece que se van a llevar, esto le da a de la Espriella aproximadamente unos seis meses para ser usado y abusado por el Ejecutivo americano a placer.
Aunque no hay que confiarse, porque nunca es buena idea contar con que las instituciones yankees vayan a hacer lo correcto. Además, los demócratas tienen esta maniobra insignia en la que “arrebatan la derrota de las fauces de la victoria”, así que nunca se sabe, pero llegado enero, el escudo de las Américas bien podría ser uno hecho de hojalata.
Tigres de papel
Las elecciones importan porque tienen consecuencias. En la línea temporal en la que estamos, las consecuencias de las elecciones a nivel global pueden ir en una de dos direcciones: una es que los multimillonarios terminen por apropiarse de (casi) todo, y regresamos al feudalismo; la otra es abrirle la puerta a la oportunidad de pelear para que las generaciones que vienen puedan por lo menos comprar una casa algún día en sus vidas.
Los votantes resentidos son a la vez víctimas y cómplices de un sistema de incentivos. Miren detenidamente: la economía en forma de K no es un fenómeno que se detenga en la frontera de EEUU, sino que está ocurriendo en todo el mundo. Si tú todavía trabajas para vivir, manejas efectivo, haces tus propias compras, o planeas tu presupuesto revisando tus cuentas bancarias en vez de hojas de cálculo, y votaste basado en el resentimiento por cosas que ocurrieron hace 15, 20, y 30 años, ¿qué demonios estás haciendo?
No quiero ni pretendo minimizar los crímenes de la guerrilla. Sus acciones son delincuentes. El sufrimiento que causaron es real, palpable, y quienes más lo sufrieron fueron los colombianos menos afortunados, en situaciones de precariedad y pobreza estructurales. Las acciones de los grupos terroristas son ilegítimas y merecen el justo rechazo de la sociedad. Resulta completamente legítimo rechazar, e incluso resentir, los secuestros, las masacres, el Caguán, que mantuvieran a los rehenes enjaulados, las voladuras de oleoductos, el reclutamiento infantil (y adulto también), el escape de Santrich, y el cantico de “quizás, quizás, quizas” con esa mezcla de soberbia y suficiencia.
Mi pregunta es: ¿Te habría gustado evitar estas injusticias? ¿Haber podido ir a la finca tranquilo, sin miedo a ser secuestrado? ¿Haber tenido la oportunidad de impedir que todo eso ocurriera? ¿De prevenirlo? Porque en pleno 2026 tuvimos la oportunidad de frenar un poco la acelerada desposesión absoluta, global, de todos aquellos que no tenemos cuentas de inversión en el mercado de valores, de aquellos que pensamos en el sueldo, el salario o la pensión cuando se habla de ingresos — no los dividendos, ni los intereses, ni los préstamos respaldados por descomunales cantidades de acciones en una compañía. El voto de la semana pasada fue una oportunidad para tratar de evitar una injusticia que se viene y frente a la cual el sufrimiento causado por la guerrilla parecerá un juego de niños.
Media Colombia eligió al candidato de los multimillonarios. Cuando ya no tengan una finca a la cuál ir, o sean sus hijos los que no la tengan, y sus nietos estén siendo explotados en puestos indignos, con turnos de 12 horas, en ese momento estarán teniendo el día por el que votaron.
Igual, se pondrán orgullosos la camiseta de la Selección Colombia y como buenos resentidos, le echarán la culpa de todo a la izquierda. Y seguirán disfrutando el subidón de dopamina que les genera la sensación de superioridad moral y creerse que vienen cargados de tigre. Pero un tigre amaestrado está más cerca de ser un vasallo que de ser un temible depredador autosuficiente.
1 Brasil y Canadá representan los dos principales obstáculos en este proyecto. Por eso no sorprende que la administración americana esté promoviendo activamente el movimiento separatista de la provincia canadiense de Alberta (otra historia de cultivar resentimiento). También explica las amenazas que le ha hecho a Brasil, después de que el candidato de extrema derecha Jair Bolsonaro fue condenado por cometer delitos para atornillarse en el poder.
2 No pretendo relitigar aquí Israel y Palestina; ya cubrí ese tema extensamente y me mantengo firme en lo publicado. Quien quiera comentar o debatir al respecto, puede hacerlo en ese post. Este es para las elecciones colombianas de 2026, y no hay necesidad de descarrilar la conversación.
Publicado en De Avanzada por David Osorio | ¿Te ha gustado este post? Suscríbete para no perderte las próximas publicaciones



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