Hace un año murió el Papa Frank y fue reemplazado por el Papa León XIV — quien, en rigor, bien podría haberse llamado Francisco II, porque en lo esencial representa más de lo mismo. Mientras se llenaba la boca con palabras como “paz” y “humanidad”, Francisco cultivaba una vieja tradición vaticana: mantener relaciones cordiales con dictadores y aspirantes a dictador. No era una anomalía personal; es algo que viene con el cargo. La Iglesia nunca ha sido particularmente tímida a la hora de codearse con tiranos, y Bergoglio no fue la excepción.
En una línea que el propio Francisco ya había empezado a esbozar antes de morir,1 León XIV ha marcado distancia frente a los impulsos autoritarios del protodictador estadounidense Donald Trump, lo que no ha venido sin las amenazas protocolarias de la administración americana.
Así que el buen Papa Leo no había podido trabar amistad o reforzar los lazos de cooperación con una dictadura. Hasta ahora. Eso cambió, con su reciente gira por África en abril, que incluyó un paso por Guinea Ecuatorial:


