En la década de los Cincuenta, los sacerdotes Pellegrino Ernetti y Agostino Gemelli intentaban reparar una grabadora averiada, sin demasiado éxito. Frustrado, Gemelli recurrió a un viejo hábito: pedirle ayuda a su difunto padre. Para su sorpresa, al reproducir la cinta, aseguraron escuchar la voz del padre respondiendo que sí, que le ayudaría. En lugar de optar por una explicación más terrenal —fallos técnicos, sugestión, sesgo de confirmación— o buscar una segunda opinión, escalaron el asunto directamente ante el papa Pío XII, quien, lejos de desestimarlo, los animó a continuar con su “investigación” en el terreno de lo paranormal.




