Jonathan Asdrúbal Valenzuela Andrade era la persona detrás de Ateo Digital, una cuenta de redes sociales que sigo en Instagram. Su contenido no aparecía con demasiada frecuencia en mi feed, pero, cuando lo hacía, solía encontrarme con comentarios incisivos y acertados. Algunos amigos discreparon con él en determinadas ocasiones, porque consideraban que a veces se pasaba de la raya. Yo no llegué a cruzarme con su contenido lo suficiente como para formarme una opinión concluyente en uno u otro sentido. Pero eso, en realidad, es secundario.
Yo creo que la muerte de una persona no debería utilizarse para ganar una disputa ideológica. No hace falta compartir las ideas de Valenzuela, defender cada publicación que hizo ni idealizarlo para reconocer que su familia y personas cercanas están de duelo y que su muerte no convierte sus convicciones en una lección pública.
La comunidad atea apenas comenzaba a enterarse del fallecimiento de Valenzuela cuando ya habían aparecido cristianos en redes sociales burlándose, celebrándolo o regodeándose con la noticia.
Amor cristiano en su más pura esencia:



















