domingo, 25 de octubre de 2026

Cómo recuperar las tasas de fecundidad



Una preocupación que parece ocupar la mente de muchas personas —especialmente, aunque no exclusivamente, en la derecha— es la caída de las tasas de fecundidad, lo que algunos llaman “suicidio demográfico”. Se ha extendido una narrativa alarmada de que la gente no está teniendo hijos al nivel necesario para el reemplazo generacional y, por supuesto, cada comentarista culpa a sus sospechosos favoritos.

Algunos gobiernos han intentado abordar el asunto, pero me parece que muchas de esas iniciativas parten del paradigma equivocado, y que no estén teniendo el resultado deseado difícilmente me parece una coincidencia. No voy a fingir que tengo todas las respuestas, aunque tampoco he visto que nadie proponga algo parecido a lo siguiente.

Si de verdad quieren que más personas tengan hijos, mi humilde propuesta sería esta:

  1. Toda persona cuyo trabajo pueda hacerse a distancia tiene derecho a hacerlo, salvo que exista una razón funcional, transparente y verificable para exigir presencialidad; y quienes no pueden trabajar a distancia deben recibir compensaciones equivalentes en tiempo, salario, previsibilidad, descanso y poder de decisión.

  2. Se aumentan los salarios de todos los trabajadores de planta mediante incrementos que, como mínimo, se ajusten a la inflación. Además, ninguna persona en una empresa debe ganar más de diez veces lo que gana el trabajador peor remunerado.1 Todo empleado contratado pasa a formar parte automáticamente del sindicato y del convenio colectivo.


    La jornada estándar se reduce a seis horas diarias, cuatro días a la semana, sin reducción salarial. Se garantiza un mínimo amplio —digamos, 45 días—2 de vacaciones remuneradas, además de permisos personales suficientes para atender las responsabilidades familiares. Enfermedades, emergencias, duelos y citas médicas dan derecho a ausentarse las veces que sea necesario, sin castigo económico ni represalia laboral.

  3. Se garantiza una protección económica suficiente durante el desempleo, también para quienes no hayan podido cotizar mediante un empleo formal.

  4. Se garantiza el acceso a servicios públicos de salud y educación robustos, laicos y que operen conforme a la mejor evidencia disponible.

  5. Se reduce la edad de pensión. Quien se quiera jubilar antes de los 60 debe poder hacerlo. En demasiados lugares, hay muchas personas que no llegan ni siquiera a los 50 años, o llegan a esa edad con la salud, el cuerpo y la energía ya devastados por décadas de trabajo precario. Medio siglo de vida es un buen motivo para poder disfrutar de los años que queden.

(Oops! Quizás debí haber empezado por decir que a mí las bajas tasas de fertilidad no me preocupan demasiado.3)

Quienes se pregunten de dónde saldría el dinero para pagar todo eso quizá deberían preguntarse, más bien, cómo se ha repartido la riqueza producida durante los últimos cincuenta años. En muchas economías, las remuneraciones de la alta gerencia han crecido mucho más rápido que los salarios reales, mientras la compensación del trabajador típico no ha seguido el crecimiento de la productividad. A escala mundial, además, la participación del trabajo en el ingreso total ha disminuido. Así que antes de declarar que no hay recursos para mejorar las condiciones de los trabajadores, convendría mirar más bien cómo han crecido las remuneraciones de quienes dirigen las empresas y los ingresos de los accionistas. ¿De dónde salió todo ese dinero?4

No presento la lista como un programa completo ni como una utopía, sino como un umbral mínimo: si una sociedad no puede garantizar condiciones de este tipo, no puede esperar que sus ciudadanos produzcan la próxima generación de trabajadores. Creo que lo apropiado es que una sociedad ofrezca las condiciones en las que tener hijos, no tenerlos, o tenerlos más tarde sea una decisión verdaderamente libre, y no una apuesta desesperada contra la pobreza. Y si, con esas condiciones, aún hay personas que siguen sin querer tener hijos, esa decisión también merece respeto: no toda caída de la fecundidad expresa precariedad, y ninguna política debería convertir una vida digna en una recompensa por reproducirse.5

Porque, para mí, las bajas tasas de natalidad no son un misterio cultural global sino, en buena parte, una respuesta comprensible a un orden socioeconómico que ha convertido una buena crianza, la vivienda, el tiempo libre y la estabilidad material en privilegios.6 Si quienes se alarman por el bajo número de nacimientos quisieran de verdad que más personas pudieran formar familias, tendrían que subvertir dicho orden. Pero las iniciativas existentes parecen estar enfocadas en cambiar la tendencia demográfica sin alterarlo. La cosa es que no podemos salir de este infierno neoliberal recurriendo a las políticas neoliberales que nos pusieron aquí en primer lugar.

Son esas políticas las que han erosionado la clase media, encarecido casi todo y reducido el tiempo, la energía y los recursos que una persona puede dedicar a su familia. Y si no puedo darles a las personas más importantes de mi vida el tiempo y la atención que merecen, ¿para qué voy a tener una familia? Para muchas personas, retrasar o descartar la crianza responde a circunstancias como todavía vivir en la casa de sus padres, compartir apartamentos con amigos (o desconocidos), mudarse constantemente o no poder imaginar un hogar estable. 

Y tener una familia es una responsabilidad gigantesca. Tener hijos no consiste solo en pagar por ellos: también supone embarazo, parto, posparto o adopción; lactancia, noches sin dormir, citas médicas, cuidado de enfermos, tareas escolares, transporte, cocina y una coordinación invisible de mil detalles. Supone, además, una carga emocional constante: la preocupación de que sean buenas personas, de que los demás los traten bien y de que puedan cumplir sus proyectos, metas y ambiciones. Una política pública que sólo busque incrementar el número de nacimientos sin tener en cuenta todos estos factores no es una política favorable para las familias.

Una política que exige más nacimientos sin reducir los costos y los riesgos de la crianza deja intacta —o agrava— la precariedad de quienes asumen esa responsabilidad. Es absurdo que algunos Estados intenten orientar la reproducción mediante prohibiciones, castigos, estigmas e incentivos, sin cambiar las condiciones materiales que hacen tan difícil formar una familia: el acceso a la vivienda, la seguridad económica y la distribución del tiempo y los cuidados. Si una proporción cada vez menor de la riqueza que ayudamos a producir llega a quienes trabajamos para vivir, ¿qué podríamos ofrecerle a una potencial familia? ¿Qué clase de irresponsabilidad sería traer al mundo niños que no podremos alimentar, vestir, cuidar o proteger de la intemperie? ¿Con qué cara le van a decir a una madre soltera que tenga aún más hijos?

De lo que entiendo, a los angustiados comentaristas por las tasas de fertilidad les preocupa que menos contribuyentes en edad de trabajar deban ayudar a financiar el gasto público —las pensiones, la salud pública, los programas de discapacidad y los cuidados a largo plazo— para una creciente población de personas mayores. Pero de esa preocupación no se sigue que la respuesta deba ser aumentar los nacimientos, porque buena parte de esas presiones puede contrarrestarse mediante una fiscalidad progresiva que obligue a quienes concentran mayor riqueza a pagar en justa proporción.

La idea de que necesariamente debe haber más jóvenes que personas mayores para sostener a estos últimos trata la existencia humana como un problema puramente aritmético, pero la solución no es fabricar cada vez más futuros contribuyentes ad infinitum para mantener una determinada proporción entre trabajadores y pensionados, sino revisar cómo se financia el sistema y exigir que quienes concentran mayores ingresos y riqueza contribuyan más a la sociedad que les permitió dicha calidad de vida.

Otra preocupación pronatalista es que una fuerza laboral más pequeña puede limitar la producción. La pregunta no debería ser únicamente cuántos contribuyentes habrá en 2050 o 2070, sino qué tipo de sociedad permite que las personas envejezcan dignamente y sin empobrecerse. Si el trabajo contemporáneo sólo ha conseguido que un megamillonario pueda comprarse su séptimo yate, quizá no vale demasiado la pena participar de esa fuerza laboral, ni mucho menos transmitir nuestros genes a la siguiente generación para que nuestra descendencia sea explotada mientras la descendencia del megamillonario compra su quincuagésimo yate, construye su búnker antiapocalíptico, o derrocha miles de millones de dólares para ir al espacio por unas horas.

Parece ser que, al menos a nivel instintivo, esa no es una transacción ni remotamente aceptable para muchas personas. Lo que yo veo aquí se parece a una huelga intergeneracional y transnacional implícita: no una protesta coordinada, ni una intención que todas las personas compartan, sino una negativa acumulada a producir y criar la siguiente generación bajo las condiciones disponibles. De ahí mi paquete de propuestas. Siguiendo con la metáfora, si quieren resolver la huelga sin coerción, tendrán que ofrecer mejores salarios, más tiempo, seguridad y condiciones que hagan razonable asumir la responsabilidad de criar. Hasta ahora, el único poder que tenían los trabajadores —del que han emanado los aumentos salariales, mejores condiciones, las regulaciones de seguridad laboral, o las sentencias favorables en los tribunales— era el de negarse a trabajar. Parece que ahora también cuentan con el poder de negarse a producir nuevos trabajadores.

Por eso insisto en que los mejores incentivos para que alguien forme una familia no pueden limitarse a campañas sentimentales ni a bonificaciones por nacimiento: deben empezar con condiciones que permitan vivir con dignidad y sin que criar implique precariedad, agotamiento y ansiedad permanentes; una vida en la que el trabajo no consuma la mayoría del tiempo, energía y vitalidad de las personas. Una vida en la que se viva y se trabaje, en vez de una en la que se viva para trabajar.

En algunos países, la posibilidad de una vida estable se ha ido erosionando; en otros, nunca dejó de ser un privilegio. En ambos casos, pedirle a las personas que tengan hijos sin transformar positivamente las condiciones materiales de su vida no es otra cosa que cinismo.

Lo revelador no sólo es que hablen de fuerza laboral y producción, sino que muchas de las personas que exigen futuros trabajadores están asociadas a movimientos que buscan derogar derechos laborales conquistados, empeorar las condiciones de los trabajadores actuales, debilitar todavía más a los sindicatos y concentrar más poder en los empleadores.7

La demografía puede alterar esa relación de fuerzas, porque parte del poder de los empleadores radica en señalar la puerta cada vez que alguien intenta negociar un salario más alto o mejores condiciones e invocar la fila de personas dispuestas a trabajar por menos. Así que una menor reserva de desempleados puede, bajo ciertas condiciones,8 fortalecer la posición negociadora de los trabajadores. Es, en el fondo, una cuestión de oferta y demanda: una menor oferta de mano de obra puede darles a los trabajadores actuales y futuros más poder para exigir mejores salarios y beneficios.

Es una ironía de la vida que quienes se imaginan como futuros —y también actuales— señores feudales se encuentren ahora en la incómoda situación de tener que rogarle a sus potenciales siervos que tengan más hijos. Y mi modesta interpretación es que una parte de ese futuro demográfico que tanto les preocupa se explica porque, bajo las condiciones que ofrecen, tener una familia dejó de valer la pena para muchos trabajadores.

Si se hubieran molestado en hablar con ellos y en preocuparse genuinamente por su bienestar, quizá se habrían enterado a tiempo de que el puño de la mano invisible golpea muy fuerte.

No puedo decir que esta forma de acción-reacción me moleste.


1 No sé si la proporción justa es diez a uno, cinco a uno o veinte a uno. Sí sé que una estructura en la que un director gana cientos o miles de veces lo que gana quien limpia, reparte, cocina o cuida no describe una diferencia razonable de responsabilidad, sino una relación de subordinación que perpetúa una desigualdad galopante.

2 No sé si el mínimo adecuado de vacaciones son 45 días, 30 o 60. El número exacto puede discutirse; el principio no: toda persona debería contar con un mínimo amplio de vacaciones remuneradas y de disfrute obligatorio, además de permisos personales y licencias de cuidado suficientes. Una enfermedad, una emergencia, un duelo, una cita médica o una responsabilidad familiar no deberían poner en riesgo sus ingresos o su empleo.

3 No me angustia que nazcan menos personas. Primero, porque ya somos muchísimos seres humanos. Segundo, porque una disminución de la población no equivale a una extinción inminente, y no veo motivo para tratar las tendencias reproductivas actuales como destinos inmutables. Y tercero, porque, aún siendo optimista, me parece fundamentalmente cruel traer al mundo personas que probablemente terminarán entregando buena parte de sus días a trabajos mal remunerados por salarios que apenas les alcancen para el alquiler de un apartamento del tamaño de una lata de sardinas; el resto se irá en servicios públicos, alimentos, transporte y, si la fortuna les sonríe, algo de entretenimiento. Digo que estoy siendo optimista porque ese futuro ya me parece bastante desolador, pero tampoco descarto alternativas peores, como una línea temporal tecnofeudalista. (La futurología se me da fatal, como a todo el mundo; así que si estoy equivocado, recibiré con gusto los argumentos y la evidencia.)

El primer argumento es, por supuesto, más débil. No creo que nadie sepa con certeza cuál es la cantidad adecuada de seres humanos. Cualquiera puede llegar al número que le parezca razonable mediante una combinación distinta de intuiciones, prioridades y métodos dudosos. Yo, ciertamente, lo hice. Ocho mil millones de personas que ya existimos me parece una auténtica barbaridad. Un solo millón de personas ya es una cantidad impresionante. ¿De verdad alguien considera que un millón de seres humanos es poco? A mí me parece aterradoramente grande.

Concediendo que tal vez un millón no sean demasiados (!), sospecho que mil veces eso, mil millones de personas —una cifra aún más descomunal— podría estar cerca del techo de lo razonable. Ocho veces eso ya me parece demasiado. En cualquier caso, llegué a esas cifras casi sin hacer cuentas ni revisar demasiado lo que dice nadie más, así que estoy más que dispuesto a cambiar de opinión sobre cuál sería un número adecuado de seres humanos. No es un asunto al que le dedique mucho tiempo, ni me preocupa lo suficiente como para invertirle la energía que dedico a otros temas. Y sé que en esta discusión intervienen cuestiones como la distribución de los recursos, la organización política, las fronteras, las religiones y los patrones de consumo. No pretendo resolverlas aquí: el argumento del artículo no depende de que la cifra ‘correcta’ sea mil millones o cincomil millones, ni de que exista una cantidad de población ideal evidente por sí misma.

4 Alguien podrá responder con cifras mostrando que la economía va bien, que el PIB, el desempleo, o la métrica de sus afectos va en la dirección correcta. Pero una mejora agregada no garantiza que las familias dispongan de vivienda, estabilidad laboral, tiempo para cuidar o recursos para afrontar una emergencia. Los indicadores macroeconómicos pueden mejorar mientras muchos hogares siguen a un accidente, una enfermedad o una pérdida de empleo de una crisis financiera. Y si los beneficios del crecimiento se concentran en quienes ya tienen más, los buenos resultados agregados pueden decir muy poco sobre el margen económico de los demás. A lo mejor queramos incluir en las medidas de riqueza cosas como el índice de felicidad, la seguridad económica, la facilidad de acceso a la vivienda, la calidad del empleo y la disponibilidad de tiempo, en vez de reducirla a la producción total.

5 De hecho, durante décadas se pensó que el desarrollo económico conduciría a una caída sostenida de la fecundidad: a medida que los países se hacían más ricos, las familias tendían a tener menos hijos y a invertir más recursos en cada uno. Esa intuición se relaciona con el modelo Barro-Becker, que analiza la elección entre la cantidad de hijos y la inversión en su “calidad”.

Pero la relación entre ingreso y fecundidad no es mecánica ni universal. En Colombia, por ejemplo, la fecundidad cayó de 2,5 hijos por mujer en 2000 a 1,6 en 2024, en un contexto de mayor educación, participación laboral femenina e igualdad de sexos. En otros contextos, los grupos con más recursos han tenido mayor capacidad de cumplir sus deseos reproductivos, incluido el de tener los hijos que desean. La lección no es que la riqueza produzca automáticamente más o menos nacimientos, sino que las condiciones materiales y las normas sociales moldean qué decisiones pueden tomarse y cuáles quedan fuera de alcance.

Por eso mi punto no es que una vida digna garantice más hijos, sino que debe permitir que las personas tengan los hijos que desean, no tenerlos o tenerlos más tarde, sin que la pobreza, la precariedad o la falta de tiempo y energía decidan por ellas.

6 Cuando las condiciones materiales limitan la posibilidad de criar, poder tener varios hijos sin sacrificar la estabilidad puede convertirse también en un símbolo de estatus. En Estados Unidos, al menos, se ha documentado que las mujeres de los hogares más ricos tienen mayor probabilidad de tener tres o más hijos que las de los tramos de ingresos inferiores. Como cereza del pastel, la creciente desigualdad económica facilita que las familias adineradas contraten a personas de ingresos mucho menores para que les ayuden con la crianza de esos hijos.

7 Sospecho que hay en juego una dinámica de preservación de jerarquías, que no se limita a las relaciones laborales.

Hay una razón por la cual a los políticos provida sólo les interesa prohibir el aborto, pero no presentan proyectos para abolir la pena de muerte; mucho menos defienden la educación sexual basada en evidencia ni buscan ampliar el acceso a anticonceptivos, dos medidas que reducen los embarazos no deseados, lo que a su vez reduce la cantidad de abortos practicados. 

Tampoco parecen demasiado inquietos por el hecho de que prohibir el aborto no impide necesariamente que ocurra. Mientras las mujeres con recursos pueden obtenerlo simplemente yendo a otro país, la prohibición obliga a las mujeres de escasos recursos a recurrir a procedimientos inseguros, caros, tardíos y clandestinos, lo que hará que muchas de ellas mueran, incrementando el número total de muertes.

Es casi como si su prioridad no fuera proteger la vida, sino limitar la autonomía de las mujeres.

Parecido ocurre con los políticos que hacen campaña en nombre de “la familia”, y que con frecuencia son los mismos políticos provida: rara vez presentan propuestas que den más tiempo libre a los padres, que le hagan más fácil la vida a las madres solteras, que incluyan la atención en salud mental en la canasta básica familiar, que mejoren la calidad y el acceso a las guarderías, amplíen becas para bachilleres o faciliten los tratamientos de fertilidad y el acompañamiento médico para las parejas con dificultades para concebir. No, la “familia” es una etiqueta en código que suele significar homofobia y la nostalgia por un pasado que, visto desde una moral del siglo 21, fue mucho menos idílico de lo que ellos pretenden.

8 También se necesitan sindicatos fuertes, derechos laborales exigibles y capacidad política para transformar esa escasez relativa en mejores salarios, jornadas más cortas y condiciones laborales más favorables. De lo contrario, las empresas pueden responder mediante automatización, deslocalización, recortes, intensificación del trabajo o mayor presión sobre quienes ya sostienen los cuidados.

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Publicado en De Avanzada por David Osorio | ¿Te ha gustado este post? Suscríbete para no perderte las próximas publicaciones

miércoles, 21 de octubre de 2026

Señal divina para ti, accidente para mí



El fin de semana fue noticia que un sacerdote en Guayaquil (Ecuador) murió mientras celebraba misa, al caerle sobre la cabeza el inmenso crucifijo de madera que tenía detrás. Es triste. Mis condolencias a sus familiares y amigos.

Hace unos meses critiqué cuando los cristianos celebraron en redes la muerte de Ateo Digital, como si los cristianos no murieran también; y de igual forma no me alegra ni celebro la muerte del sacerdote Patricio Sánchez. No me voy a burlar de su muerte, porque no es lo que hacemos acá. 

miércoles, 14 de octubre de 2026

No, no encontraron el Arca de Noé



En 1959, el capitán turco İlhan Durupınar identificó en una fotografía aérea una formación alargada cuyo contorno recordaba al casco de un barco. El sitio, en el este de Turquía, estaba cerca del monte Ararat, tradicionalmente asociado con el relato del Arca de Noé. La semejanza visual y la proximidad geográfica bastaron para despertar el entusiasmo, así que en 1960 una expedición examinó el lugar, pero no encontró restos de una embarcación ni objetos fabricados por seres humanos. El sitio fue abandonado por falta de evidencia.

El lugar volvió a atraer atención en 1977, cuando Ron Wyatt, cristiano evangélico y explorador aficionado, empezó a promoverlo como posible emplazamiento de los restos del Arca de Noé.1 En los Ochenta, Wyatt se unió a los exploradores David Fasold y John Baumgardner para estudiar el sitio con un radar de sondeo terrestre y un generador de frecuencia. Fasold narró la expedición en su libro The Ark of Noah.

domingo, 11 de octubre de 2026

El inminente choque de civilizaciones

Esta es una traducción libre de The Coming Clash of Civilizations, publicado por Mike Brock en Notes from the Circus el 19 de octubre de 2025. Aunque algunas referencias son propias de la actualidad e historia americanas, el tema central del artículo y sus implicaciones tienen ramficaciones a nivel global.


El choque de civilizaciones no se produce entre culturas, sino entre jerarquías y ciudadanos.


domingo, 27 de septiembre de 2026

La insurgencia gemela



Esta es una traducción libre de The Twin Insurgency, por Nils Gilman el 15 de junio de 2014, publicado en el Volumen 09 Número 6 de The American Interest. A pesar de que fue escrito hace más de 10 años, su tesis sigue vigente y, creo, está siendo reivindicada.


miércoles, 23 de septiembre de 2026

Testigos de Jehová permitirán mayoría de transfusiones de sangre



El cuerpo dirigente de los Testigos de Jehová acaba de anunciar un cambio sustancial en su conocida política sobre las transfusiones de sangre, establecida en 1945:

sábado, 19 de septiembre de 2026

La creencia en dios como teoría de la conspiración



Dicen por ahí que la historia no se repite pero rima. Y creo que algo por el estilo está ocurriendo en ciertos rincones de Internet. El surgimiento de Substack, por ejemplo, se parece en más de un aspecto a la época dorada de los blogs —entre 2005 y 2010—: de pronto, todo el mundo tiene uno. Y, de la misma manera, parecen haber regresado los debates sobre religión y sobre la inexistencia de dios que se libraban entonces.

Scott Alexander anunció en un post que pensaba mantenerse al margen de esta nueva ronda de argumentos entre ateos y aleluyos. Pero el motivo que dio para no participar terminó convirtiéndose, inevitablemente, en una entrada más dentro del debate. La manera en que formula el problema es una excelente muestra del marco desde el cual he llegado a entender las propuestas teológicas y del motivo por el que me resultan tan absurdas de entrada: al final, no son más que otra forma de pensamiento mágico. Alexander explica, por ejemplo, su parecido estructural con las teorías de la conspiración:

miércoles, 9 de septiembre de 2026

¡Oh, no! Este nuevo modelo de IA ha hecho la siguiente cosa malvada


Quienes siguen de cerca los avances de la mal llamada inteligencia artificial habrán notado un patrón: cada cierto tiempo aparecen titulares que anuncian que el modelo más nuevo de alguna compañía ha hecho algo impensable, maligno y, ciertamente, desalineado con los valores humanos… o al menos con los de sus diseñadores (el llamado problema de alineación).

Por ejemplo, una de las primeras noticias, por llamarles de alguna forma, de este género fue del modelo o3 de OpenAI, que habría saboteado sus propias instrucciones de apagado. Unos meses después se reportó que el modelo Claude Opus 4 de Anthropic habría decidido chantajear a su supervisor para evitar ser reemplazado, un caso que no deja de sonar en redes sociales.

El caso más reciente al momento de escribir estas líneas es el de dos modelos de OpenAI que, durante evaluaciones internas de ciberseguridad, habrían comprometido parte de la infraestructura de Hugging Face en julio de 2026. Inicialmente, la noticia se llevó muchos titulares, aunque no los suficientes, así que ahora tenemos personas en este espacio que están desglosando el incidente paso a paso, y su reporte suena asustado:

jueves, 3 de septiembre de 2026

Milagros, la base del Plan Nacional de Desarrollo


Los colombianitos ‘de bien’ se desesperan cada vez que digo que no hay nada más vergonzoso que ser colombiano, que Colombia es una pocilga feudal, o que sigue siendo una Banana Republic: tierra fértil para la superstición y el chovinismo.

¿Pero yo qué hago si el país se empeña en seguir suministrando evidencia?

Esta semana supimos que el Departamento Nacional de Planeación está trabajando en su Plan Nacional de Desarrollo a partir del concepto de “milagro”:

viernes, 28 de agosto de 2026

Alemania termina reembolso público de homeopatía



Alemania, cuna de la homeopatía, acaba de dar un paso en la dirección correcta. Aunque desde hace años la homeopatía no formaba parte del catálogo ordinario de prestaciones obligatorias, algunos fondos del seguro estatutario alemán podían reembolsarla mediante beneficios voluntarios adicionales. Esa excepción le otorgaba una apariencia de legitimidad que jamás ha merecido; sin embargo, hace unos meses, como parte de la reforma al sistema de seguro médico obligatorio, el legislativo alemán eliminó esa cobertura y la de las prácticas antroposóficas.

Algunas disposiciones entraron en vigor en agosto de 2026, y el resto entrará a regir a partir de 2027. Alemania ya empezó a ponerle fin al respaldo institucional de la homeopatía.

Fue en Alemania donde Samuel Hahnemann postuló los principios de la homeopatía, que desafían la farmacología básica. Los más conocidos son el de que “lo similar cura lo similar” y que una sustancia se vuelve más potente cuanto más se la diluye. Es decir, una inversión completa de la relación dosis-respuesta: según esta lógica, cuanto menos ingrediente activo quede en un producto, mayor sería su efecto terapéutico.

sábado, 22 de agosto de 2026

"Woke 1 fue una locura"



La congresista americana Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) volvió a ser noticia esta semana al citar, en una entrevista, a otro político —Chi Ossé— que acuñó la frase: “El movimiento woke 1 fue una locura”. El establecimiento liberal estadounidense estalló en comentarios, aunque la respuesta fue la misma fórmula de siempre ante cualquier crítica a los excesos de la Justicia Social™: “Eso no está ocurriendo; pero sí está pasando y está bien, y cualquiera que tenga reparos es un nazi”.

Con el tiempo, he llegado a entender el movimiento woke como un producto del neoliberalismo: una herramienta con la cual las clases profesionales encontraron una forma de reducir la competencia por puestos, ascensos y aumentos salariales, a costa de debilitar la solidaridad entre trabajadores. En universidades, medios, ONGs, fundaciones y departamentos de recursos humanos, las políticas de identidades eran una forma de exhibir virtud, reorganizar jerarquías y repartir prestigio sin tocar los mecanismos centrales de concentración de riqueza. Vigilar el lenguaje de los colegas, rediseñar una guía de estilo o multiplicar cargos por cuotas de diversidad eran caminos de mucha menor resistencia que disputar salarios, sindicatos, beneficios o el poder de los empleadores. No es la primera vez que el posmodernismo y el neoliberalismo se complementan con tanta eficacia, y dudo mucho que sea la última.

Otra característica que comparten el neoliberalismo y el movimiento woke es la insistencia de sus defensores en que nadie sabe a qué se hace referencia cuando se invoca cada término. Es una afirmación patentemente falsa — hace algún tiempo citamos a Freddie deBoer y su explicación de que por supuesto que saben lo que significa woke, de la misma manera que los defensores de políticas neoliberales saben a qué se refiere su interlocutor cuando replican que nadie sabe qué significa neoliberalismo.

Hoy volvemos a citar a deBoer, quien analizó de manera quirúrgica la reacción automática al comentario de AOC. El título de su artículo va directo al punto — “Quizás “Woke 1.0” sea una admisión de errores pasados y un compromiso para hacerlo mejor”:

miércoles, 19 de agosto de 2026

El poder corporativo se aproxima a la velocidad de escape



Esta es una traducción libre de Corporate Power Approaches Escape Velocity, por Hamilton Nolan, publicado el 14 de agosto de 2026, en How Things Work


Si las corporaciones se vuelven más poderosas que los gobiernos nacionales, todos estaremos en problemas. La razón es sencilla: las corporaciones no son entidades reales. No existen en la naturaleza. Son ficciones legales creadas según un conjunto de leyes que dictan lo que pueden y no pueden hacer. Esas leyes, que literalmente son las que crean a las corporaciones, son elaboradas por los gobiernos. Los derechos de las corporaciones y los límites de sus operaciones están completamente determinados por los gobiernos, que redactan las leyes y administran los tribunales que permiten a las corporaciones existir y generar ganancias, y que a la vez les imponen límites. Si los gobiernos pierden la capacidad de establecer límites estrictos al comportamiento de las corporaciones —si estas se vuelven tan poderosas que los gobiernos ya no pueden decirles qué hacer— entonces las corporaciones se convierten en el poder supremo del mundo.

domingo, 16 de agosto de 2026

Amor cristiano para Ateo Digital

Jonathan Asdrúbal Valenzuela Andrade era la persona detrás de Ateo Digital, una cuenta de redes sociales que sigo en Instagram. Su contenido no aparecía con demasiada frecuencia en mi feed, pero, cuando lo hacía, solía encontrarme con comentarios incisivos y acertados. Algunos amigos discreparon con él en determinadas ocasiones, porque consideraban que a veces se pasaba de la raya. Yo no llegué a cruzarme con su contenido lo suficiente como para formarme una opinión concluyente en uno u otro sentido. Pero eso, en realidad, es secundario.

Yo creo que la muerte de una persona no debería utilizarse para ganar una disputa ideológica. No hace falta compartir las ideas de Valenzuela, defender cada publicación que hizo ni idealizarlo para reconocer que su familia y personas cercanas están de duelo y que su muerte no convierte sus convicciones en una lección pública. 

La comunidad atea apenas comenzaba a enterarse del fallecimiento de Valenzuela cuando ya habían aparecido cristianos en redes sociales burlándose, celebrándolo o regodeándose con la noticia.

Amor cristiano en su más pura esencia:

martes, 4 de agosto de 2026

Preguntas sobre la prohibición de redes sociales para niños



La prohibición de las redes sociales para menores de 16 años está de moda en todo el mundo. Hay apetito por parte de los padres para que se haga algo, y no hay nada más fácil para un político que ejecutar la maniobra de “¿alguien quiere pensar en los niños?”. Así que, por supuesto, esto iba a pasar.

Los estudios sugieren correlaciones entre el uso de redes y problemas de salud mental en adolescentes. Estos riesgos son reales y preocupantes (aunque notemos que por ahora sólo son correlaciones), pero la prohibición es una solución mal diseñada para un problema real. Y como parece que igual van a seguir adelante, vale la pena que nos hagamos algunas preguntas que los legisladores deberían tener claras al crear estas leyes.

Empecemos por lo básico:

sábado, 11 de julio de 2026

Harari vs Henrich



Esta es una traducción libre de Harari vs Henrich, publicado por Joseph Heath en su bitácora In Due Course el 12 de junio de 2026


Lo que la ciencia realmente dice sobre la evolución humana.