Hace unos días, el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, concedió una entrevista al periodista Juan Elman para conmemorar el primer aniversario de la muerte de Pepe Mujica —predecesor ideológico y político de Orsi—. Entre otras cosas, durante la entrevista, Orsi manifestó su preocupación de que, supuestamente, Uruguay sería un país “súper laico”, lo cual es como preocuparse por que uno sea demasiado saludable, o “superdemocrático”, o “súper justo”.
De cualquier forma, esta afirmación y las que la acompañaron (Orsi dijo que se había “subestimado la espiritualidad”) recibieron una respuesta magistral por parte de Marcelo Aguiar.1
En la entrevista, Orsi le hace otro guiño a la superstición organizada al decir que esta trata mejor el tema de las adicciones que el Estado (algo que ya había dicho en otra ocasión),2 una alusión que entendí fácilmente, pues en Colombia también he visto la captación de adictos por parte de las iglesias evangélicas. Me atrevería a afirmar que la situación no es exclusiva de estos dos países: en páginas ateas de distintos lugares circula un meme según el cuál un drogadicto es, en realidad, un pre-cristiano. Un chiste cruel, a buen seguro, pero sólo es eso: un chiste.
















