En los tiempos posmodernos que corren, no es raro toparse con quien se describe como “católico no-practicante”, o con los que dicen “creo en dios, pero no en la Iglesia”, que, para mí, es un poco como creer en Romeo y Julieta pero no en Shakespeare.
Los lectores habituales sabrán que estas etiquetas me resultan fastidiosas porque me parece que se originan de la más abyecta pereza intelectual de no querer tomarse cinco minutos para definir una epistemología clara. Porque eso es precisamente lo que falta: una forma coherente de decidir qué se considera verdadero y qué no. Quien evita esa tarea termina usando estos comodines identitarios que, de seguro, les ahorran muchas explicaciones y preguntas de seguimiento, en comparación con alguien que responda que es druida, o que cree en Quetzalcóatl, o que al morir irá al Valhalla y se reunirá con Odín.
Con el perdón de aquellos católicos que lo son “por tradición” y los que están “en transición” hacia el ateísmo, el problema es que, por definición, la única manera de ser católico es siendo practicante. Ser católico implica aceptar la autoridad del obispo de Roma como guía espiritual; y que Jesucristo es una de las tres personas divinas del solo dios verdadero, que resucitó a los tres días; y que María dio a luz siendo virgen, y que en vez de morir ascendió a los cielos.














