sábado, 30 de mayo de 2026

Las iglesias y los adictos



Hace unos días, el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, concedió una entrevista al periodista Juan Elman para conmemorar el primer aniversario de la muerte de Pepe Mujica —predecesor ideológico y político de Orsi—. Entre otras cosas, durante la entrevista, Orsi manifestó su preocupación de que, supuestamente, Uruguay sería un país “súper laico”, lo cual es como preocuparse por que uno sea demasiado saludable, o “superdemocrático”, o “súper justo”.

De cualquier forma, esta afirmación y las que la acompañaron (Orsi dijo que se había “subestimado la espiritualidad”) recibieron una respuesta magistral por parte de Marcelo Aguiar.1 

En la entrevista, Orsi le hace otro guiño a la superstición organizada al decir que esta trata mejor el tema de las adicciones que el Estado (algo que ya había dicho en otra ocasión),2 una alusión que entendí fácilmente, pues en Colombia también he visto la captación de adictos por parte de las iglesias evangélicas. Me atrevería a afirmar que la situación no es exclusiva de estos dos países: en páginas ateas de distintos lugares circula un meme según el cuál un drogadicto es, en realidad, un pre-cristiano. Un chiste cruel, a buen seguro, pero sólo es eso: un chiste.

El chiste funciona porque hay una realidad detrás. Aunque no faltará quien lo encuentre ofensivo, lo que es —o al menos debería ser— verdaderamente ofensivo es esa realidad: personas que han sido abandonadas a su suerte, privadas de apoyo, vivienda, tratamiento y estabilidad, terminan siendo captadas por organizaciones que se aprovechan de su desesperación. El problema no es que una persona vulnerable encuentre consuelo espiritual por su propia voluntad, sino que esa vulnerabilidad sea utilizada como puerta de entrada a una conversión condicionada por necesidades materiales urgentes.

Seamos claros: esto no se refiere a los casos en los que las personas incorporan la espiritualidad como parte de su proceso de rehabilitación de manera voluntaria, optativa y por su propia iniciativa. Se puede explorar el lugar que una política pública puede permitirle a la religiosidad como complemento opcional de la atención en salud. Si eso le sirve a alguien, maravilloso. Esto no va de eso. De lo que estamos hablando aquí es de que la situación de los adictos amerita una respuesta institucional de política pública que vele por sus intereses, en vez de descargar la responsabilidad en las comunidades religiosas; y de que no es aceptable que la satisfacción de necesidades básicas como el alimento y el refugio esté condicionada a la aceptación de ninguna ideología, sea religiosa o de otro tipo.

Las iglesias que hacen esto no están ayudando a los drogadictos, sino que se están aprovechando de ellos: captándolos en el peor momento de sus vidas, predando de su fragilidad, reclutándolos cuando no tienen nada que perder. Es la misma lógica perversa de los misioneros, sólo que en casa.

A una persona física, mental y emocionalmente devastada, cuyas redes de apoyo se han desintegrado hasta la inexistencia, quien debe vivir del rebusque durante el día, encontrar refugio para pasar la noche, y necesita dormir con un ojo abierto para huir de escuadrones de “limpieza social”; a una persona cuyos días y noches se funden y difuminan entre estas condiciones, lo último que le importa es la veracidad de un cuento de hadas de hace dos mil años. Si lo único que necesita es decir que profesa esa creencia para, de repente, obtener techo, comida y una comunidad, lo va a hacer por trámite, no por convicción.

Si la situación de esas personas es un fallo del Estado —y lo es, como lo es de todos los Estados que se sumaron a ese fracaso moral que es la guerra contra las drogas, que terminó en esto y otros desastres sociales—, permitir además que estas personas sean captadas en esas condiciones constituye un segundo fracaso. El Estado no debe delegar en organizaciones religiosas la atención de quienes ya fueron abandonados por la sociedad. Su responsabilidad es ofrecer respuestas materiales, sanitarias e institucionales que no dependan de la adhesión a una doctrina.

La adicción es una enfermedad. Y aunque ver calles limpias, sin personas tiradas en la acera, es moralmente conveniente le hace la vida más fácil, práctica, emocional o socialmente a los transeúntes—, esa comodidad no justifica alimentar una maquinaria que se nutre de la vulnerabilidad ajena.

Esta situación da la apariencia de funcionar, en parte, porque es descrita de manera distorsionada, desde el punto de vista del peatón que tiene que aguantar la escena poco menos que decorosa de ver a una persona tirada en la calle, y en un estado alterado y posiblemente soporoso de la conciencia. Visto así, no es de extrañar que alguien encuentre valiosa la intervención de las iglesias. Pero quizás podamos contrarrestar el optimista sesgo de las gafas de utilidad deontológica si describimos la situación en términos reales, desde el punto de vista del adicto, la persona cuyos intereses deberían guiar la conversación

Una persona que ha caído víctima de la adicción y que uno se encuentra tirada al costado del camino es una persona que perdió el escaso control que tenía sobre su vida. Una persona cuyos sueños, aspiraciones y esperanzas fueron licuados y terminaron yéndose por el sifón, gota a gota. Una persona que sus familiares, amigos y conocidos perdieron, sustituida por una presencia que consume y destruye. Una persona que necesitaba y nunca recibió ayuda profesional, que necesitaba y cada vez se alejaba más de una comunidad que la respaldara.

Superar una adicción es una cuestión de suerte, no de fuerza de voluntad. Sí, por supuesto hay quienes han conseguido mantener su sobriedad a punta de fuerza de voluntad; pero esas personas no eligieron tener los genes y el entorno que las llevaron a poder ejercer dicha fuerza de voluntad. Hay otros —la mayoría— que no cuentan con la misma suerte, y permitirles llevar una vida digna va a requerir de respuestas estructurales, institucionales, complejas, y costosas, pero eso no significa que esté bien renunciar a ese esfuerzo. ¿Para qué está el Estado si no es para ayudar a las personas que más lo necesitan?

Decirle a una persona así de vulnerable que hoy mismo puede disfrutar de una cama, techo, alimento, y una comunidad, y que todo lo que tiene que hacer es aceptar a Cristo en su corazón, es un chantaje mondo y lirondo, porque nadie tendría que aceptar condiciones metafísicas para satisfacer necesidades materiales básicas. ¿Qué libertad religiosa y de cultos puede gozar alguien cuyo techo y alimento dependen de que crea (o diga que cree) en el cristianismo?

Tolerar que esta situación siga ocurriendo —o sugerir que es un éxito allá donde el Estado supuestamente fracasó— es volver a darle la espalda a los individuos a quienes la sociedad ya les falló miserablemente. Si vamos a permitir que las iglesias se aprovechen de las personas más vulnerables e indefensas de la sociedad, ¿podemos por lo menos admitir que es porque le limpia el paisaje a los viandantes y no porque nos preocupemos realmente por el bienestar de los adictos y sus derechos?



1 Mi única salvedad a la columna de Marcelo es que él utiliza el término “laicidad” cuando, en puridad, debería ser “laicismo”. Aunque parezca mínima, la diferencia no es baladí: la ‘laicidad’ es un invento de la Iglesia Católica en el que la separación entre iglesias y Estado se respeta salvo en los casos que eso implique que la Iglesia debe renunciar a alguno de sus privilegios. El laicismo es la propia separación entre el Estado y las iglesias, incluyendo que estas van a perder sus privilegios actuales, y van a pasar a operar como un negocio más.

2 Al parecer, el dato ni siquiera es cierto.

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Publicado en De Avanzada por David Osorio | ¿Te ha gustado este post? Suscríbete para no perderte las próximas publicaciones

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