domingo, 25 de octubre de 2026

Cómo recuperar las tasas de fecundidad



Una preocupación que parece ocupar la mente de muchas personas —especialmente, aunque no exclusivamente, en la derecha— es la caída de las tasas de fecundidad, lo que algunos llaman “suicidio demográfico”. Se ha extendido una narrativa alarmada de que la gente no está teniendo hijos al nivel necesario para el reemplazo generacional y, por supuesto, cada comentarista culpa a sus sospechosos favoritos.

Algunos gobiernos han intentado abordar el asunto, pero me parece que muchas de esas iniciativas parten del paradigma equivocado, y que no estén teniendo el resultado deseado difícilmente me parece una coincidencia. No voy a fingir que tengo todas las respuestas, aunque tampoco he visto que nadie proponga algo parecido a lo siguiente.

Si de verdad quieren que más personas tengan hijos, mi humilde propuesta sería esta:

  1. Toda persona cuyo trabajo pueda hacerse a distancia tiene derecho a hacerlo, salvo que exista una razón funcional, transparente y verificable para exigir presencialidad; y quienes no pueden trabajar a distancia deben recibir compensaciones equivalentes en tiempo, salario, previsibilidad, descanso y poder de decisión.

  2. Se aumentan los salarios de todos los trabajadores de planta mediante incrementos que, como mínimo, se ajusten a la inflación. Además, ninguna persona en una empresa debe ganar más de diez veces lo que gana el trabajador peor remunerado.1 Todo empleado contratado pasa a formar parte automáticamente del sindicato y del convenio colectivo.


    La jornada estándar se reduce a seis horas diarias, cuatro días a la semana, sin reducción salarial. Se garantiza un mínimo amplio —digamos, 45 días—2 de vacaciones remuneradas, además de permisos personales suficientes para atender las responsabilidades familiares. Enfermedades, emergencias, duelos y citas médicas dan derecho a ausentarse las veces que sea necesario, sin castigo económico ni represalia laboral.

  3. Se garantiza una protección económica suficiente durante el desempleo, también para quienes no hayan podido cotizar mediante un empleo formal.

  4. Se garantiza el acceso a servicios públicos de salud y educación robustos, laicos y que operen conforme a la mejor evidencia disponible.

  5. Se reduce la edad de pensión. Quien se quiera jubilar antes de los 60 debe poder hacerlo. En demasiados lugares, hay muchas personas que no llegan ni siquiera a los 50 años, o llegan a esa edad con la salud, el cuerpo y la energía ya devastados por décadas de trabajo precario. Medio siglo de vida es un buen motivo para poder disfrutar de los años que queden.

(Oops! Quizás debí haber empezado por decir que a mí las bajas tasas de fertilidad no me preocupan demasiado.3)

Quienes se pregunten de dónde saldría el dinero para pagar todo eso quizá deberían preguntarse, más bien, cómo se ha repartido la riqueza producida durante los últimos cincuenta años. En muchas economías, las remuneraciones de la alta gerencia han crecido mucho más rápido que los salarios reales, mientras la compensación del trabajador típico no ha seguido el crecimiento de la productividad. A escala mundial, además, la participación del trabajo en el ingreso total ha disminuido. Así que antes de declarar que no hay recursos para mejorar las condiciones de los trabajadores, convendría mirar más bien cómo han crecido las remuneraciones de quienes dirigen las empresas y los ingresos de los accionistas. ¿De dónde salió todo ese dinero?4

No presento la lista como un programa completo ni como una utopía, sino como un umbral mínimo: si una sociedad no puede garantizar condiciones de este tipo, no puede esperar que sus ciudadanos produzcan la próxima generación de trabajadores. Creo que lo apropiado es que una sociedad ofrezca las condiciones en las que tener hijos, no tenerlos, o tenerlos más tarde sea una decisión verdaderamente libre, y no una apuesta desesperada contra la pobreza. Y si, con esas condiciones, aún hay personas que siguen sin querer tener hijos, esa decisión también merece respeto: no toda caída de la fecundidad expresa precariedad, y ninguna política debería convertir una vida digna en una recompensa por reproducirse.5

Porque, para mí, las bajas tasas de natalidad no son un misterio cultural global sino, en buena parte, una respuesta comprensible a un orden socioeconómico que ha convertido una buena crianza, la vivienda, el tiempo libre y la estabilidad material en privilegios.6 Si quienes se alarman por el bajo número de nacimientos quisieran de verdad que más personas pudieran formar familias, tendrían que subvertir dicho orden. Pero las iniciativas existentes parecen estar enfocadas en cambiar la tendencia demográfica sin alterarlo. La cosa es que no podemos salir de este infierno neoliberal recurriendo a las políticas neoliberales que nos pusieron aquí en primer lugar.

Son esas políticas las que han erosionado la clase media, encarecido casi todo y reducido el tiempo, la energía y los recursos que una persona puede dedicar a su familia. Y si no puedo darles a las personas más importantes de mi vida el tiempo y la atención que merecen, ¿para qué voy a tener una familia? Para muchas personas, retrasar o descartar la crianza responde a circunstancias como todavía vivir en la casa de sus padres, compartir apartamentos con amigos (o desconocidos), mudarse constantemente o no poder imaginar un hogar estable. 

Y tener una familia es una responsabilidad gigantesca. Tener hijos no consiste solo en pagar por ellos: también supone embarazo, parto, posparto o adopción; lactancia, noches sin dormir, citas médicas, cuidado de enfermos, tareas escolares, transporte, cocina y una coordinación invisible de mil detalles. Supone, además, una carga emocional constante: la preocupación de que sean buenas personas, de que los demás los traten bien y de que puedan cumplir sus proyectos, metas y ambiciones. Una política pública que sólo busque incrementar el número de nacimientos sin tener en cuenta todos estos factores no es una política favorable para las familias.

Una política que exige más nacimientos sin reducir los costos y los riesgos de la crianza deja intacta —o agrava— la precariedad de quienes asumen esa responsabilidad. Es absurdo que algunos Estados intenten orientar la reproducción mediante prohibiciones, castigos, estigmas e incentivos, sin cambiar las condiciones materiales que hacen tan difícil formar una familia: el acceso a la vivienda, la seguridad económica y la distribución del tiempo y los cuidados. Si una proporción cada vez menor de la riqueza que ayudamos a producir llega a quienes trabajamos para vivir, ¿qué podríamos ofrecerle a una potencial familia? ¿Qué clase de irresponsabilidad sería traer al mundo niños que no podremos alimentar, vestir, cuidar o proteger de la intemperie? ¿Con qué cara le van a decir a una madre soltera que tenga aún más hijos?

De lo que entiendo, a los angustiados comentaristas por las tasas de fertilidad les preocupa que menos contribuyentes en edad de trabajar deban ayudar a financiar el gasto público —las pensiones, la salud pública, los programas de discapacidad y los cuidados a largo plazo— para una creciente población de personas mayores. Pero de esa preocupación no se sigue que la respuesta deba ser aumentar los nacimientos, porque buena parte de esas presiones puede contrarrestarse mediante una fiscalidad progresiva que obligue a quienes concentran mayor riqueza a pagar en justa proporción.

La idea de que necesariamente debe haber más jóvenes que personas mayores para sostener a estos últimos trata la existencia humana como un problema puramente aritmético, pero la solución no es fabricar cada vez más futuros contribuyentes ad infinitum para mantener una determinada proporción entre trabajadores y pensionados, sino revisar cómo se financia el sistema y exigir que quienes concentran mayores ingresos y riqueza contribuyan más a la sociedad que les permitió dicha calidad de vida.

Otra preocupación pronatalista es que una fuerza laboral más pequeña puede limitar la producción. La pregunta no debería ser únicamente cuántos contribuyentes habrá en 2050 o 2070, sino qué tipo de sociedad permite que las personas envejezcan dignamente y sin empobrecerse. Si el trabajo contemporáneo sólo ha conseguido que un megamillonario pueda comprarse su séptimo yate, quizá no vale demasiado la pena participar de esa fuerza laboral, ni mucho menos transmitir nuestros genes a la siguiente generación para que nuestra descendencia sea explotada mientras la descendencia del megamillonario compra su quincuagésimo yate, construye su búnker antiapocalíptico, o derrocha miles de millones de dólares para ir al espacio por unas horas.

Parece ser que, al menos a nivel instintivo, esa no es una transacción ni remotamente aceptable para muchas personas. Lo que yo veo aquí se parece a una huelga intergeneracional y transnacional implícita: no una protesta coordinada, ni una intención que todas las personas compartan, sino una negativa acumulada a producir y criar la siguiente generación bajo las condiciones disponibles. De ahí mi paquete de propuestas. Siguiendo con la metáfora, si quieren resolver la huelga sin coerción, tendrán que ofrecer mejores salarios, más tiempo, seguridad y condiciones que hagan razonable asumir la responsabilidad de criar. Hasta ahora, el único poder que tenían los trabajadores —del que han emanado los aumentos salariales, mejores condiciones, las regulaciones de seguridad laboral, o las sentencias favorables en los tribunales— era el de negarse a trabajar. Parece que ahora también cuentan con el poder de negarse a producir nuevos trabajadores.

Por eso insisto en que los mejores incentivos para que alguien forme una familia no pueden limitarse a campañas sentimentales ni a bonificaciones por nacimiento: deben empezar con condiciones que permitan vivir con dignidad y sin que criar implique precariedad, agotamiento y ansiedad permanentes; una vida en la que el trabajo no consuma la mayoría del tiempo, energía y vitalidad de las personas. Una vida en la que se viva y se trabaje, en vez de una en la que se viva para trabajar.

En algunos países, la posibilidad de una vida estable se ha ido erosionando; en otros, nunca dejó de ser un privilegio. En ambos casos, pedirle a las personas que tengan hijos sin transformar positivamente las condiciones materiales de su vida no es otra cosa que cinismo.

Lo revelador no sólo es que hablen de fuerza laboral y producción, sino que muchas de las personas que exigen futuros trabajadores están asociadas a movimientos que buscan derogar derechos laborales conquistados, empeorar las condiciones de los trabajadores actuales, debilitar todavía más a los sindicatos y concentrar más poder en los empleadores.7

La demografía puede alterar esa relación de fuerzas, porque parte del poder de los empleadores radica en señalar la puerta cada vez que alguien intenta negociar un salario más alto o mejores condiciones e invocar la fila de personas dispuestas a trabajar por menos. Así que una menor reserva de desempleados puede, bajo ciertas condiciones,8 fortalecer la posición negociadora de los trabajadores. Es, en el fondo, una cuestión de oferta y demanda: una menor oferta de mano de obra puede darles a los trabajadores actuales y futuros más poder para exigir mejores salarios y beneficios.

Es una ironía de la vida que quienes se imaginan como futuros —y también actuales— señores feudales se encuentren ahora en la incómoda situación de tener que rogarle a sus potenciales siervos que tengan más hijos. Y mi modesta interpretación es que una parte de ese futuro demográfico que tanto les preocupa se explica porque, bajo las condiciones que ofrecen, tener una familia dejó de valer la pena para muchos trabajadores.

Si se hubieran molestado en hablar con ellos y en preocuparse genuinamente por su bienestar, quizá se habrían enterado a tiempo de que el puño de la mano invisible golpea muy fuerte.

No puedo decir que esta forma de acción-reacción me moleste.


1 No sé si la proporción justa es diez a uno, cinco a uno o veinte a uno. Sí sé que una estructura en la que un director gana cientos o miles de veces lo que gana quien limpia, reparte, cocina o cuida no describe una diferencia razonable de responsabilidad, sino una relación de subordinación que perpetúa una desigualdad galopante.

2 No sé si el mínimo adecuado de vacaciones son 45 días, 30 o 60. El número exacto puede discutirse; el principio no: toda persona debería contar con un mínimo amplio de vacaciones remuneradas y de disfrute obligatorio, además de permisos personales y licencias de cuidado suficientes. Una enfermedad, una emergencia, un duelo, una cita médica o una responsabilidad familiar no deberían poner en riesgo sus ingresos o su empleo.

3 No me angustia que nazcan menos personas. Primero, porque ya somos muchísimos seres humanos. Segundo, porque una disminución de la población no equivale a una extinción inminente, y no veo motivo para tratar las tendencias reproductivas actuales como destinos inmutables. Y tercero, porque, aún siendo optimista, me parece fundamentalmente cruel traer al mundo personas que probablemente terminarán entregando buena parte de sus días a trabajos mal remunerados por salarios que apenas les alcancen para el alquiler de un apartamento del tamaño de una lata de sardinas; el resto se irá en servicios públicos, alimentos, transporte y, si la fortuna les sonríe, algo de entretenimiento. Digo que estoy siendo optimista porque ese futuro ya me parece bastante desolador, pero tampoco descarto alternativas peores, como una línea temporal tecnofeudalista. (La futurología se me da fatal, como a todo el mundo; así que si estoy equivocado, recibiré con gusto los argumentos y la evidencia.)

El primer argumento es, por supuesto, más débil. No creo que nadie sepa con certeza cuál es la cantidad adecuada de seres humanos. Cualquiera puede llegar al número que le parezca razonable mediante una combinación distinta de intuiciones, prioridades y métodos dudosos. Yo, ciertamente, lo hice. Ocho mil millones de personas que ya existimos me parece una auténtica barbaridad. Un solo millón de personas ya es una cantidad impresionante. ¿De verdad alguien considera que un millón de seres humanos es poco? A mí me parece aterradoramente grande.

Concediendo que tal vez un millón no sean demasiados (!), sospecho que mil veces eso, mil millones de personas —una cifra aún más descomunal— podría estar cerca del techo de lo razonable. Ocho veces eso ya me parece demasiado. En cualquier caso, llegué a esas cifras casi sin hacer cuentas ni revisar demasiado lo que dice nadie más, así que estoy más que dispuesto a cambiar de opinión sobre cuál sería un número adecuado de seres humanos. No es un asunto al que le dedique mucho tiempo, ni me preocupa lo suficiente como para invertirle la energía que dedico a otros temas. Y sé que en esta discusión intervienen cuestiones como la distribución de los recursos, la organización política, las fronteras, las religiones y los patrones de consumo. No pretendo resolverlas aquí: el argumento del artículo no depende de que la cifra ‘correcta’ sea mil millones o cincomil millones, ni de que exista una cantidad de población ideal evidente por sí misma.

4 Alguien podrá responder con cifras mostrando que la economía va bien, que el PIB, el desempleo, o la métrica de sus afectos va en la dirección correcta. Pero una mejora agregada no garantiza que las familias dispongan de vivienda, estabilidad laboral, tiempo para cuidar o recursos para afrontar una emergencia. Los indicadores macroeconómicos pueden mejorar mientras muchos hogares siguen a un accidente, una enfermedad o una pérdida de empleo de una crisis financiera. Y si los beneficios del crecimiento se concentran en quienes ya tienen más, los buenos resultados agregados pueden decir muy poco sobre el margen económico de los demás. A lo mejor queramos incluir en las medidas de riqueza cosas como el índice de felicidad, la seguridad económica, la facilidad de acceso a la vivienda, la calidad del empleo y la disponibilidad de tiempo, en vez de reducirla a la producción total.

5 De hecho, durante décadas se pensó que el desarrollo económico conduciría a una caída sostenida de la fecundidad: a medida que los países se hacían más ricos, las familias tendían a tener menos hijos y a invertir más recursos en cada uno. Esa intuición se relaciona con el modelo Barro-Becker, que analiza la elección entre la cantidad de hijos y la inversión en su “calidad”.

Pero la relación entre ingreso y fecundidad no es mecánica ni universal. En Colombia, por ejemplo, la fecundidad cayó de 2,5 hijos por mujer en 2000 a 1,6 en 2024, en un contexto de mayor educación, participación laboral femenina e igualdad de sexos. En otros contextos, los grupos con más recursos han tenido mayor capacidad de cumplir sus deseos reproductivos, incluido el de tener los hijos que desean. La lección no es que la riqueza produzca automáticamente más o menos nacimientos, sino que las condiciones materiales y las normas sociales moldean qué decisiones pueden tomarse y cuáles quedan fuera de alcance.

Por eso mi punto no es que una vida digna garantice más hijos, sino que debe permitir que las personas tengan los hijos que desean, no tenerlos o tenerlos más tarde, sin que la pobreza, la precariedad o la falta de tiempo y energía decidan por ellas.

6 Cuando las condiciones materiales limitan la posibilidad de criar, poder tener varios hijos sin sacrificar la estabilidad puede convertirse también en un símbolo de estatus. En Estados Unidos, al menos, se ha documentado que las mujeres de los hogares más ricos tienen mayor probabilidad de tener tres o más hijos que las de los tramos de ingresos inferiores. Como cereza del pastel, la creciente desigualdad económica facilita que las familias adineradas contraten a personas de ingresos mucho menores para que les ayuden con la crianza de esos hijos.

7 Sospecho que hay en juego una dinámica de preservación de jerarquías, que no se limita a las relaciones laborales.

Hay una razón por la cual a los políticos provida sólo les interesa prohibir el aborto, pero no presentan proyectos para abolir la pena de muerte; mucho menos defienden la educación sexual basada en evidencia ni buscan ampliar el acceso a anticonceptivos, dos medidas que reducen los embarazos no deseados, lo que a su vez reduce la cantidad de abortos practicados. 

Tampoco parecen demasiado inquietos por el hecho de que prohibir el aborto no impide necesariamente que ocurra. Mientras las mujeres con recursos pueden obtenerlo simplemente yendo a otro país, la prohibición obliga a las mujeres de escasos recursos a recurrir a procedimientos inseguros, caros, tardíos y clandestinos, lo que hará que muchas de ellas mueran, incrementando el número total de muertes.

Es casi como si su prioridad no fuera proteger la vida, sino limitar la autonomía de las mujeres.

Parecido ocurre con los políticos que hacen campaña en nombre de “la familia”, y que con frecuencia son los mismos políticos provida: rara vez presentan propuestas que den más tiempo libre a los padres, que le hagan más fácil la vida a las madres solteras, que incluyan la atención en salud mental en la canasta básica familiar, que mejoren la calidad y el acceso a las guarderías, amplíen becas para bachilleres o faciliten los tratamientos de fertilidad y el acompañamiento médico para las parejas con dificultades para concebir. No, la “familia” es una etiqueta en código que suele significar homofobia y la nostalgia por un pasado que, visto desde una moral del siglo 21, fue mucho menos idílico de lo que ellos pretenden.

8 También se necesitan sindicatos fuertes, derechos laborales exigibles y capacidad política para transformar esa escasez relativa en mejores salarios, jornadas más cortas y condiciones laborales más favorables. De lo contrario, las empresas pueden responder mediante automatización, deslocalización, recortes, intensificación del trabajo o mayor presión sobre quienes ya sostienen los cuidados.

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Publicado en De Avanzada por David Osorio | ¿Te ha gustado este post? Suscríbete para no perderte las próximas publicaciones

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