Esta es una traducción libre de The Anti-Imperialism of Fools, publicado en Notes from the Circus por Mike Brock el 31 de mayo de 2026
Esta es una traducción libre de The Anti-Imperialism of Fools, publicado en Notes from the Circus por Mike Brock el 31 de mayo de 2026
Esta es una traducción libre de The Last Serious Contrarian, artículo publicado en Notes from the Circus por Mike Brock el 30 de mayo de 2026
Esta es una traducción libre de Can You Control Your Own Beliefs?, publicado en The Nature-Nurture-Nietzsche Newsletter por Turi Munthe el 27 de mayo de 2026 como post invitado.
El kambó (o kambo) es una sustancia cerosa secretada por la rana mono gigante de las cuencas del Amazonas y del Orinoco. Tradicionalmente, algunas tribus indígenas de la región la han utilizado para supuestamente mejorar la fertilidad, purificar el cuerpo y el espíritu, aumentar la fuerza, atraer buena suerte en la caza, expulsar espíritus malignos, inducir abortos e incluso curar la pereza.
En los tiempos buensalvajistas que corren, el ritual del kambó ha ganado una popularidad notable en círculos new age y de pseudomedicina. Edzard Ernst explica en qué consiste el ritual:
Hace unos días, el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, concedió una entrevista al periodista Juan Elman para conmemorar el primer aniversario de la muerte de Pepe Mujica —predecesor ideológico y político de Orsi—. Entre otras cosas, durante la entrevista, Orsi manifestó su preocupación de que, supuestamente, Uruguay sería un país “súper laico”, lo cual es como preocuparse por que uno sea demasiado saludable, o “superdemocrático”, o “súper justo”.
De cualquier forma, esta afirmación y las que la acompañaron (Orsi dijo que se había “subestimado la espiritualidad”) recibieron una respuesta magistral por parte de Marcelo Aguiar.1
En la entrevista, Orsi le hace otro guiño a la superstición organizada al decir que esta trata mejor el tema de las adicciones que el Estado (algo que ya había dicho en otra ocasión),2 una alusión que entendí fácilmente, pues en Colombia también he visto la captación de adictos por parte de las iglesias evangélicas. Me atrevería a afirmar que la situación no es exclusiva de estos dos países: en páginas ateas de distintos lugares circula un meme según el cuál un drogadicto es, en realidad, un pre-cristiano. Un chiste cruel, a buen seguro, pero sólo es eso: un chiste.
Durante años, varios lectores me han sugerido que haga un podcast o algún tipo de contenido en video, más acorde con los tiempos actuales, en los que ese formato se replica y consume con mucha más facilidad en redes sociales.
Mi respuesta —y la principal razón de mi resistencia— siempre ha sido la misma: prefiero el formato escrito. Se presta mejor para desarrollar temas largos y complejos; permite hacer ediciones posteriores sin perder la coherencia del material original; y presenta las ideas en un cuerpo completo y consistente. Además, para el lector (y a menudo para mí mismo), es mucho más fácil ubicar fragmentos específicos mediante una simple búsqueda o con Ctrl+F. En cambio, cuando intento recuperar información de un podcast o un video de YouTube (o, peor, en TikTok), puedo pasar horas buscando un dato puntual —y a veces ni siquiera lo encuentro—. Es una experiencia que, hasta ahora, he preferido evitarles a mis lectores.
Sin embargo, me temo que mi resistencia ha sido finalmente derrotada. He cedido, muchachos — me debo a mis lectores. Y con eso, me enorgullece anunciar Escépticos Sin Fronteras: un podcast de escepticismo para la vida cotidiana, donde venimos con preguntas inconvenientes y hechos incómodos.
Esta es una traducción libre de The Hell Invention: How a Literal Valley Became Eternal Torment, publicado el 29 de abril de 2026 en Reasoned Reality
Aunque llevo cerca de 20 años de haber rechazado la creencia en dios, las teologías y el producto más nocivo jamás inventado por los humanos —la religión—, y aunque he consumido prácticamente todos los argumentos y debates a mi alcance sobre la cuestión de dios (o, más precisamente, de los dioses), hay un argumento que rara vez he visto formulado con claridad: la incompatibilidad básica entre la idea de un dios todopoderoso, creador del universo, capaz de leer nuestras mentes, conocer nuestros corazones y juzgarnos al final de nuestras vidas, y lo que sabemos sobre la conciencia.
El sitio Letters from Leo reporta un suceso que ocurrió en enero de 2026, en el que la administración Trump habría amenazado a la Iglesia Católica:
Una de las cosas que siempre me ha sorprendido de ciertos escépticos es su decisión de declarar que la religión —y sus afirmaciones— no son susceptibles de análisis crítico. De repente, el principio de que “lo que se puede afirmar sin evidencia se puede descartar sin evidencia” parece dejar de aplicar cuando se trata de las creencias íntimas de otras personas.1
Vaya, este 2026 ha sido una década muy larga...
El aspirante al Nobel de Paz Donald Trump, y el miembro de su Junta de la Paz y carnicero de Gaza, Benjamin Netanyahu, han llevado a cabo un operativo de bombardeos estratégicos contra Irán, en el que han dado de baja al brutal dictador islámico Ali Khamenei.
Comentar sobre esto es invitar un dolor de cabeza porque aparentemente la mayoría de comentaristas necesitan que toda historia tenga un protagonista bueno, y la realidad muchas veces es más varios tonos de gris oscuro que un simple blanco-y-negro. En todo caso, vamos a intentarlo.
En 2011 la organización Humanists International publicó el informe Libertad de Pensamiento, un índice global sobre el estatus social, legal, jurídico y cultural de los ateos, humanistas, y no-religiosos en general en el mundo, y sobre cuánta discriminación e intolerancia sufrimos en todo el planeta.
En ese momento la situación era desoladora y no es exagerado decir que las actualizaciones desde entonces no han sido precisamente esperanzadoras.
En los tiempos posmodernos que corren, no es raro toparse con quien se describe como “católico no-practicante”, o con los que dicen “creo en dios, pero no en la Iglesia”, que, para mí, es un poco como creer en Romeo y Julieta pero no en Shakespeare.
Los lectores habituales sabrán que estas etiquetas me resultan fastidiosas porque me parece que se originan de la más abyecta pereza intelectual de no querer tomarse cinco minutos para definir una epistemología clara. Porque eso es precisamente lo que falta: una forma coherente de decidir qué se considera verdadero y qué no. Quien evita esa tarea termina usando estos comodines identitarios que, de seguro, les ahorran muchas explicaciones y preguntas de seguimiento, en comparación con alguien que responda que es druida, o que cree en Quetzalcóatl, o que al morir irá al Valhalla y se reunirá con Odín.
Con el perdón de aquellos católicos que lo son “por tradición” y los que están “en transición” hacia el ateísmo, el problema es que, por definición, la única manera de ser católico es siendo practicante. Ser católico implica aceptar la autoridad del obispo de Roma como guía espiritual; y que Jesucristo es una de las tres personas divinas del solo dios verdadero, que resucitó a los tres días; y que María dio a luz siendo virgen, y que en vez de morir ascendió a los cielos.
El 4 de febrero se conmemora el Día Mundial del Cáncer, y con ese motivo vamos a hablar de una idea muy extendida —y muy equivocada— sobre el cáncer: la creencia de que todo causa cáncer.
Esta frase, casi inevitable en cualquier conversación sobre salud, tiene dos problemas. Primero, no es cierta. Y segundo, presenta una visión distorsionada de qué es realmente el cáncer. El cáncer no es una sola enfermedad, sino una etiqueta que engloba una constelación de enfermedades. Un cáncer no surge por una sola causa sino por la combinación de miles de procesos químicos, biológicos y anatómicos que impacta la probabilidad de que una célula se vuelva cancerígena.
El 28 de diciembre de 2025, los ciudadanos de Irán iniciaron una rebelión que creció con rapidez, impulsada por el descontento generalizado en el país, y que se extendió durante el primer mes de 2026. Al principio, la dictadura encabezada por Ali Khamenei pareció no reaccionar con fuerza. Como suele ocurrir con cada estallido popular iraní, muchos analistas pronosticaron que esta vez podría tratarse de la revolución definitiva que derribara la teocracia.
Sin embargo, después de unas semanas el régimen respondió con una táctica ya conocida: un apagón masivo de Internet. En episodios anteriores, estas desconexiones han sido preludio de masacres, pues dejan a la población aislada y sin posibilidad de contarle al mundo lo que sucede. Esta vez no fue distinto. Tras el apagón, siguió la represión sangrienta de los ciudadanos indefensos. Las cifras actuales —según estimaciones, más de 30.000 muertos1— constituyen una auténtica barbaridad.
¿No es Alá grande? Y, además, ¿no resulta llamativo que las muertes masivas de musulmanes provoquen tan poca indignación cuando los asesinos son también musulmanes? ¿Dónde están ahora todas esas voces que se desgarraban la ropa al grito de “¡Islamofobia!” cuando alguien sugería que los pueblos de países como Irán merecen mejores condiciones materiales, incluyendo la posibilidad de emanciparse de dioses y religiones?
¿Por qué será que, cuanto más se invoca a dios en las leyes de un país, más violento y salvaje tiende a volverse?2

Cuando uno habla por más de cinco minutos con un capitalista o un defensor del capitalismo, lo más probable es que en algún momento se encuentre con el argumento de que es apenas natural que los dueños de la empresa y sus gerentes ganen cientos y miles de veces más que sus trabajadores, porque al ser quienes ponen el capital se están exponiendo a un mayor riesgo.
¿Riesgo de qué? De perder el capital y que les toque ponerse el mono, empezar a trabajar, y que alguien más les pague un salario varios órdenes de magnitud menor. Nunca queda claro por qué esta situación es aceptable para sus trabajadores actuales, pero no lo sería en ningún momento para ellos.
La realidad, sin embargo, es que la idea es infundada en su mayoría.
Esta es una traducción libre de Populism fast and slow, publicada por Joseph Heath el 19 de octubre de 2025, en su página In Due Course
Esta es una traducción libre del artículo Why Secularists Calling for a Christian Revival Are Wrong, de Helen Pluckrose, publicado en la revista Skeptic el 22 de octubre de 2025
Hace unos días hablaba con una amiga que expresó su desprecio por Disney. Según ella, las Princesas Disney habrían enseñado a su generación a asumir roles de género conservadores y machistas: mujeres sin agencia, cuyo propósito sería depender de un hombre que las proteja y decida por ellas.
No es una opinión aislada. Una búsqueda rápida en Google muestra que este es un pensamiento bastante popular: muchos creen que Disney ha condenado a las niñas —y ya no tan niñas— a patrones de dependencia, sumisión y obediencia. Si esto fuera cierto, sería gravísimo. Pero ¿lo es?
Cuando pedí evidencia, mi amiga mencionó que ella y varias conocidas repiten conductas poco favorables para sí mismas, sobre todo en temas de pareja, donde aún buscan al “Príncipe Azul” protector. Sin embargo, no existe un solo estudio revisado por pares publicado en revistas indexadas con alto factor de impacto que demuestre una relación causal entre consumir contenido Disney y reproducir estereotipos de género.
Además, creo que tenemos otras buenas razones para ser escépticos de que las Princesas Disney han sido un vehículo de lavado de cerebro masivo para la sumisión de toda una generación (o más).
Recientemente hubo un matrimonio en mi familia al que asistieron muchos parientes con quienes no me veía desde hacía años. Uno de ellos, con quien comparto una cosmovisión bastante similar, me cuestionó por qué no había asistido a la misa matrimonial: “es en lo que creen los novios, y si los hace felices, ¿por qué no asistir?”. Me preguntó también si acaso dejaría de ir a una boda temática, celebrada con disfraces de Avengers o de Star Wars.
Tal vez no lo haría. Aunque la diferencia entre creer en Thor o en Yoda y creer en Jesucristo radica en algo esencial: no existe un movimiento político que busque modificar las leyes en nombre de Mjölnir, ni campañas para prohibir conductas que ofenderían a Darth Vader.
Mientras el cristianismo —o cualquier otra religión— siga intentando que las leyes de todos se adapten a sus creencias privadas, no veo motivo para tratarlo como una creencia personal, peculiar e inofensiva, en vez de reconocerlo como lo que realmente es: un movimiento político.
Y nadie ilustra mejor ese uso de la religión para hacer política que el multimillonario Peter Thiel, quien se acaba de estrenar como profeta con una serie de charlas sobre el supuesto Anticristo. Curiosamente, según él, el Anticristo será alguien que promueva regulaciones para la industria tecnológica, y le parece normal que los ricos paguen su justa porción de impuestos.
Aunque las charlas eran privadas, alguien filtró una grabación al Washington Post, que reportó lo siguiente:
Ohh, aquí vamos otra vez… * pone los ojos en blanco *
Y cada vez, sin falta, un puñado de tipos que han trabajado en el Pentágono, la CIA, la Fuerza Aérea, y/u otras agencias militares y de inteligencia del gobierno de EEUU, se sientan en audiencia ante los Congresistas. También se llama a declarar a charlatanes del supuesto fenómeno ovni, quienes tienen un modelo de negocio muy creativo: han fundado compañías de 'investigación' paranormal, y cada vez que aparecen ante el Congreso piden que se les dé dinero de los contribuyentes al coro de "financien la investigación independiente". Así es como Robert Bigelow consiguió 22 millones de dólares, que despilfarró de manera espantosa.