Buena parte de mis fuentes noticiosas incluye comentaristas y portales enfocados en el progreso —no en guerras culturales, sino en mejoras tangibles, muchas de ellas fruto del trabajo científico—. En ese ámbito, hay un tema que aparece cada vez con más frecuencia, cuyas credenciales de “progreso” me parecen dudosas: se trata de la iniciativa de prohibir la venta de cigarrillos a partir de cierta generación. Es decir, impedir que quienes nazcan después de un año determinado puedan comprarlos al alcanzar la mayoría de edad, con la intención de erradicar el tabaquismo de una vez por todas.
Dejando de lado las merecidas felicitaciones a los políticos que finalmente encontraron la voluntad para enfrentarse a la industria tabaquera —apenas 80 años tarde, pero supongo que más vale tarde que nunca—, llama la atención que esa valentía desaparezca cuando se trata de regular la mal llamada “inteligencia” artificial o el sector financiero, el cual probablemente volverá a ser rescatado cuando estalle la próxima burbuja. Más allá de esa inconsistencia, vale la pena señalar que esta propuesta es innecesaria, contraproducente y autoritaria.
















