Dicen por ahí que la historia no se repite pero rima. Y creo que algo por el estilo está ocurriendo en ciertos rincones de Internet. El surgimiento de Substack, por ejemplo, se parece en más de un aspecto a la época dorada de los blogs —entre 2005 y 2010—: de pronto, todo el mundo tiene uno. Y, de la misma manera, parecen haber regresado los debates sobre religión y sobre la inexistencia de dios que se libraban entonces.
Scott Alexander anunció en un post que pensaba mantenerse al margen de esta nueva ronda de argumentos entre ateos y aleluyos. Pero el motivo que dio para no participar terminó convirtiéndose, inevitablemente, en una entrada más dentro del debate. La manera en que formula el problema es una excelente muestra del marco desde el cual he llegado a entender las propuestas teológicas y del motivo por el que me resultan tan absurdas de entrada: al final, no son más que otra forma de pensamiento mágico. Alexander explica, por ejemplo, su parecido estructural con las teorías de la conspiración:


